LA FILOSOFÍA EN LA ÉPOCA DE SU VIRALIZACIÓN DIGITAL… O POR QUÉ ES NECESARIO ELIMINAR SU AURA

Walter Benjamin definía el aura de una obra de arte como una sensación de lejanía por más cercano que pueda uno estar frente a cualquier pieza. Para el filósofo, después de la posibilidad de reproductibilidad técnica de las obras a partir de su imagen, el aura se pierde y se hace posible una apropiación de las mismas. El autor comienza su famoso texto citando a Marx cuando dice que la superestructura avanza más lento que la infraestructura.

Pues bien, supone Benjamin, la infraestructura de las artes ha cambiado con las cámaras fotográficas y fílmicas, por lo tanto, sólo falta que cambie nuestra ideología sobre las mismas. Tuvo razón: el arte ya fue apropiado, sólo que aquellos que se identifican oficialmente como “artistas” no se han dado cuenta, o en el peor de los casos, ya se dieron cuenta y lucran bajo ese discurso. Pero el arte fue apropiado en realidad bajo la forma de la cultura pop. Los términos que buscaba Benjamin para referirse a eso los encontraremos en los memes.

Lo que encontramos en internet son textos de todo tipo. Todo ahí es texto en el sentido en que puede ser leído, ya que cuenta con un código. Además, el código es el mismo siempre: binario. Una pintura al óleo también tenía un cierto código y las Vanguardias fueron una explosión de códigos, pero cuando éstas y todas las demás imágenes se insertan en un dispositivo digital, entonces todas se codifican de la misma manera. Ahora que la lectura se ha generalizado mucho más que antes y que se ha puesto al alcance de mucha gente gracias a la red global de las telecomunicaciones, entonces va a surgir una clase que quiera diferenciarse de los demás dentro de esa misma red mundial.

Va a emerger una especie de individuos que se quiera separar de los lectores comunes. Esta especie se montará sobre el viejo y típico argumento de que leer noticias de deportes no es lo mismo que leer a Hegel. Ahí retornará el fetichismo sobre la filosofía. Es el mismo fetichismo que ha existido siempre, pero esta vez será imparable. Todos van a querer volverse filósofos entonces. La filosofía se convertirá en una moda global, pero la filosofía como moda en un primer momento va a tender a ser conservadora, pues se va a basar en ese fetiche sobre las ideas de los grandes pensadores. Lo que corresponderá a la viralización digital será mostrar que estos supuestos grandes pensadores no hacían otra cosa que pensar el mismo mundo en el que vivimos todos.

La llamada “industria cultural” no es nuestra enemiga, como lo decían Adorno y Horkheimer. Al contrario, gracias a ella cualquiera pudo tener acceso a la gran obra de arte del siglo XX: la cultura pop. Gracias a ella cualquiera pudo participar de una gran ilusión, la de Hollywood. Gracias a ella cobró sentido la vida durante un tiempo. Gracias a ella todos quisimos ser estrellas de pop, de rock o protagonistas de películas. Y quizá lo fuimos, aunque haya sido por quince segundos. No es casualidad que los artistas de televisión lleven esta etiqueta; quizá la intención original de identificarlos así fue un engaño o quizá lo fueron efectivamente. No importa, lo relevante es que nosotros nos creímos ese cuento y desde ese momento todos quisimos ser artistas. Así como la llamada industria cultural universalizó el arte, el internet universalizará la filosofía. Pero la filosofía ya no como un saber para iniciados al que sólo pueden acceder unos cuantos, sino como un pensamiento que se toma a sí mismo como un resultado de las condiciones materiales. Así, daríamos cuenta de que los que se mueven dentro del mundo académico de la filosofía lo hacen no porque sean inteligentes o estén por encima de los demás, sino simplemente porque eso es lo que les permitió su contexto. La filosofía que realizan es una que sólo aplica y sirve para ellos, con ciertos fines determinados, nuevamente, por su propio entorno. Pero eso no conlleva el hecho de que otras situaciones no generen otras filosofías u otros pensamientos, que no valen menos o no dejan de ser filosofía en tanto que esas expresiones también son pensamiento.

Generalmente se lee a los pensadores como si tuvieran una sola reflexión en toda su vida, si acaso dos o tres, y con ellas elaboraran toda su obra, nada más con el fin de explicárnoslas y así ilustrarnos. Y bajo esta lógica se recurre a un texto del autor para fundamentar o sostener otro, por ejemplo. Habría que pensar que tal vez los pensadores sólo tuvieron momentos, iluminaciones, pero nada más. Fuera de ello fueron sólo seres arrojados como todos. Sería necesario quitarle el aura a la filosofía, dejar de ver en estos personajes a grandes maestros incuestionables. Así podríamos dar cuenta de que todos somos filósofos y de que todos hemos tenido iluminismos, pero que las dejamos pasar y no perdimos nada. Es más bien forzado creer o querer creer que un filósofo piensa lo mismo toda su vida. Esos llamados “grandes filósofos” no son más que godínez del pensamiento, oficinistas del saber, académicos que tienen que seguir produciendo lo que llaman conocimiento para poder sobrevivir o en todo caso, cuando son exitosos, mantener un estilo de vida alto. Todos podemos pensar algo y al otro día pensar otra cosa. Todos hemos puesto en cuestión toda la existencia del universo alguna vez, aunque sea por un segundo, y al siguiente momento nos da hambre o algo nos atrae y cambiamos de pensamiento. Así los filósofos oficiales sólo han tenido algunos cuantos momentos, igual que todos, y lo demás relleno. No es necesario leer toda la obra de un autor para entenderlo. Lo más probable es que en dos o tres momentos ya haya dado todo lo que tenía que dar y esto era lo mismo que pudo dar cualquier otro.

Pensar lo inmediato siempre implica el riesgo de perderse entre las inevitables y plurales impresiones. Este infinito e inicial contacto con todas las formas del mundo fue abstraído por el concepto, aquel que se privilegiaba como la herramienta metodológica del hombre que era capaz de explicar, reduciendo, al cosmos y sus latidos. María Zambrano supo ver esta operación y detectó en ella el nacimiento pomposo de la filosofía. El amor por el conocimiento, como se le ha reconocido a través de los recovecos históricos, surgió como la buena nueva y su influjo persiste y permanece hasta nuestros días. Retrospectivamente, su ejercicio ha sido constante y ha configurado en gran medida la cultura occidental. Así, partiendo de esta identificación, nos corresponde criticar su propio discurso que ahora, más que nunca, debería de expandir sus fronteras; fuera de las reglas de los principios de identidad y de no contradicción, las únicas dos grandes murallas que detienen al pensamiento. Ahora nos hemos dado cuenta de que no importa cuan contradictorias sean las ideas, todas pueden convivir en la red. Una idea ya tampoco es una sola, cada una puede ser muchas cosas a la vez o no ser nada. Los lábiles límites entre la filosofía y sus correlatos son cada día más latentes. Ensimismada y soberbia ¿la filosofía puede aún pavonearse de ser ella misma la garante y rectora del conocimiento? ¿Cuánto tardará para que ella misma mine sus propias pretensiones? Estocarla (stalkearla) no es destruirla, es simplemente volverla al lugar del que nunca debió salir: la mortalidad. La filosofía, como todo el conocimiento de la historia de la humanidad –y ésta es sabiduría de sabios–, es tan sólo un instante en la historia del universo; porque el amor es tiempo.

Es hora de un punk filosófico, un “piensa por ti mismo”. El dadaísmo introdujo la anarquía en el arte, el punk hizo lo mismo en la cultura pop. La tecnología que permitió el dadá fueron las cámaras fotográficas y el cinematógrafo. El dadá respondió con el collage y el ready-made. Las tecnologías que permitieron el “hazlo tú mismo” del punk fueron la televisión, las fotocopiadoras, los discos de vinil y demás artefactos de reproducción del sonido. Ahora la viralización digital de la información permitirá que emerja un dada-punk-queer filosófico:

(Epílogo)

Transvestir la filosofía: eso es lo que queremos. Se ha pensado a lo largo de los años que La Monadología o las obras del periodo crítico kantiano son relevantes en la historia de la filosofía; a nosotros, sin embargo, nos interesan las pelucas de Leibniz y Kant. Inclusive la peluca del atormentado Rousseau podría gustarnos. Como sea, la intención no puede ser otra que la de poner (o quizás desacomodar) peluca y maquillaje a los filósofos que les sucedieron; mas no hablamos de transvestir como si la cosa no hubiera acontecido en una disciplina tan masculina. Proponerse semejante perversión no es otra cosa que advertir la fuerza del artificio en la historia de la filosofía, porque Sócrates quizás no hubiera sido Sócrates sin la toga que le ocultaba la erección mientras hablaba con Alcibíades; de igual manera, San Agustín no hubiera sido el mismo sin ese manto cristiano que lo alejó de la sodomía. No obstante, los ejemplos ofrecidos no hablarían de otra cosa que un artificio hipócrita, pues tanto en Sócrates como en Agustín hay algo que busca ser ocultado (y habría que pensar muy seriamente la posibilidad de que todo edificio metafísico no sea sino el ocultamiento mediante conceptos de las erecciones de los filósofos, quienes desearían insaciablemente perforar y penetrar la verdad, aquella dulce doncella secuestrada por los misterios del universo). Habría, pues, que repensar el artificio, las plumas, el maquillaje y la peluca conceptual para desbaratarlos en lo que atañe a las pretensiones mentirosas de los filósofos.

Transvestir a la filosofía tiene ver con la lectura, mas no con la lectura que pretende alcanzar un significado transparente y unívoco de los textos; leer su historia tiene que ver con el “reading” del sub-mundo drag de los años 80. Reading philosophy: esto es, criticar, insultar la filosofía y a los filósofos en su sobrevalorado ejercicio de búsqueda de la verdad. Mas la lectura ha de acompañarse con otro ejercicio indispensable: throwing shade to philosophy, es decir, usar sus conceptos y nociones, deformarlos a tal grado que en ellos ya no se vea el rostro del sabio, sino el rostro de la jota que se ríe y responde. No hay reading ni “shading” sin un des-maquillamiento, es decir, sin un señalamiento de los mecanismos por los que los filósofos han excluido sus errores y defectos; y a su vez, el des-maquillamiento no ha de producirse si no es añadiendo otro color de lápiz labial al artificio previo no para ocultarlo, sino para dislocarlo, para señalar un posible punto de fuga. La filosofía drag que buscamos alumbraría otras posibles vías gracias al brillo de sus lentejuelas.

Filosofa, destruye.

martillo.gif

 

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