El ready-made y los memes

Según un cierto relato, bastante difundido ya, la historia del arte del siglo XX no la podemos encontrar en las corrientes oficiales del arte que después de las Vanguardias, pero principalmente desde los cuestionamientos del Dadaísmo, prosiguieron con el surrealismo, el expresionimso abstracto, el pop, el arte conceptual, la transvanguardia, el apropiacionismo, el arte participativo y demás microetiquetas del arte contemporáneo. Más bien se ha comenzado a narrar una historia alternativa que igual toma como punto cero el Dadaísmo, que problematizaba el campo del arte desde dentro, pero va hacia otro arte que ya buscaba una incidencia directa sobre el ámbito social desde afuera de las instituciones artísticas y lo fue llevando cada vez más alejado de la misma. Así, en lugar de seguir aquella línea de corrientes descrita arriba, iríamos por el constructivismo, el letrismo, el situacionismo, la psicodelia, el punk, los medios tácticos, el subvertising, los carnavales contra el capital y vendría a caer en el movimiento occupy y los memes. El punto de quiebre entre ambas historias es el ready-made.

Lo anterior quiere decir, en pocas palabras, que la herencia del ready-made no la vamos a encontrar en ningún museo, sino cada vez que ingresamos a cualquiera de nuestras redes sociales favoritas. El meme sería una especie de ready-made mental que se infiltra en la cultura y la vida cotidiana como desestabilizador semántico. En ese sentido, cumple más cercanamente los propósitos de Duchamp, e incluso de todas las Vanguardias juntas, que cualquier pieza de arte institucional, por muy transgresiva que se le quiera presentar. El meme tendría la capacidad de convertinos a todos en creadores, sobre todo una vez que se acepta el supuesto de que ya no hay nada que crear, sino mucha cultura (basura) que reciclar, resignificar y deconstruir. Incluso actualmente cualquiera que quiera hacerse pasar por artista para tratar de ganarse la vida con eso, o al menos algo de reconocimiento, necesita recurrir a este tipo de artilugios provenientes de la cultura baja y popular para poder mediodecir algo y mediollamar la atención y así seguir legitimando a la institución que se ha autoadjudicado el poder del arte de cambiar el mundo, cuando todos sabemos que no lo hace.

¿No oyeron hablar de aquel loco que fue a pararse en medio de un museo con una linterna encendida y los ojos bien abiertos, aún con las luces prendidas y las reflejantes paredes blancas del inmueble, gritando: “¡Busco al arte, busco al arte!”? Este loco no era ningún performancero, somos todos nosotros cada vez que visitamos una exposición. El museo sólo serviría para dar cuenta de que ahí ya no está el arte, un gesto que desde Duchamp será el mismo repetido una y otra vez. Los museos no son más que monumentos, memoriales o tumbas de un arte muerto, como ya se ha dicho miles de veces. Ahora bien, tampoco es poca cosa, pues cumple una labor social básica necesaria al menos hasta que por fin se olvide del todo aquella vieja etiqueta llamada arte para diferenciar la capacidad de creación de unos cuantos de la que tenemos cualquiera de nosotros. Aunque sea triste que requiramos aún del museo y demás instituciones del arte para recordarnos de nuestra capacidad creadora, aceptemos que así es y que cambiar esta situación quizá sea imposible o pueda llevar décadas o siglos.

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