Riesgo y oportunidad de una supuesta superioridad de la filosofía

Hubo un tiempo en el que aquellas personas que escuchaban Pink Floyd se sentían superiores a los demás. No solamente se sentían con más conocimiento, sino con un desarrollo del gusto mayor e incluso ostentaban una especie de superioridad moral. Esto obviamente no sólo pasaba con Pink Floyd, sino con innumerables bandas de rock, incluso con géneros completos. Ahí tenemos el caso de los darks o de los punks. Estos personajes hacían un gran esfuerzo por diferenciarse de los demás a plena vista y luz del día. Querían que se notara su nivel de compromiso con una cierta forma de apreciar la vida. El rock en general no era otra cosa que una ética. No rebajarse a escuchar salsa, cumbia, merengue o cualquier género bailable, no era porque a uno no le gustara, sino porque uno se obligaba a que no le movieran aquellos ritmos candentes. No era que a uno no le dieran ganas de bailar, era que este tipo de bailes se asociaban con una serie de cosas que iban desde la ignorancia hasta el machismo, por ejemplo. No era tampoco que a uno no se le grabaran los pegajosos coros de las canciones de pop que se escuchaban por todos lados. Eso resulta imposible. Era que estos versos se asociaban con una maquinaria de engaño y cosificación de las relaciones humanas ante la que había que rebelarse. Tuvieron que pasar muchos años para superar eso. Tuvieron que emprenderse muchas disputas para poder dar cuenta de que la música no tenía la culpa de nada de eso. Ahí fue cuando los punks empezaron a escuchar cumbia y otros ritmos latinos sin culpa y los travestis reivindicaron a Gloria Trevi, haciéndola incluso un ícono de cierta subcultura. Pues bien, todos esos tiempos de fuertes controversias en torno a la música ya pasaron. Se acabaron. La música ya perdió este lugar central en los debates que conciernen a la cultura y la sociedad. Ahora sabemos que nadie es mejor o peor persona por escuchar un género musical u otro. Sin embargo, apenas comienza un nuevo tipo de distinción que nos tocará vivir en su máximo esplendor los próximos años: la de la filosofía. 

La ética de la distinción y superioridad de moral y gusto se configurará de otras maneras de acuerdo con las tecnologías de nuestro tiempo. Ahora que el internet ha permitido el acceso a una infinita cantidad de textos, aquellos que accedan a textos más profundos serán quienes ostenten dicha superioridad que antes pertenecía los melómanos. Ahí comenzará la era de la filosofía como moda. Así, por ejemplo, Nietzsche será la gran referencia de un clásico, como los fueron los Zeppelin o Velvet underground, pero autores menos conocidos serán el dominio de unos pocos. Jodorowky ha empezado a vincularse con Paulo Cohelo, cuando entre ellos habría tanta diferencia como entre el norteño y la banda. Pero para las nuevas generaciones eso simplemente les suena a algo repulsivo de entrada. Por un efecto de generalización apresurada, se tenderán a dejar de lado ciertos saberes para dar estatus a otros. Será hasta dentro de mucho tiempo que caigamos en cuenta de que todos los textos son lo mismo. Por lo pronto, lo único que le falta al filósofo superstar que está por venir es un desarrollo de la imagen. Ya hay un bagaje del cual se hará valer: el bigote de Nietzsche, la barba de Marx, la peluca de Kant, la pelona de Foucault, el sombrero de Deleuze, el peinado pa’trás de Camus. Así se comenzarán a crear estilos basados en distintos clichés del filósofo que se asociarán irremediablemente con una filosofía. Si no podemos parar esta maquinaria de la imagen habrá que explotarla, dirán. Como todo en esta vida, cada riesgo es también una oportunidad. Evidentemente habrá luchas de poder de todo tipo para apropiarse de este imaginario emergente. Sobre todo, habrá una industria de la especulación extrema que apostará para sacar provecho de los próximos giros del pensamiento. Pero precisamente por ello es que se abrirá una brecha inusitada hasta ahora, en donde quizá se pueda infiltrar un rayo de iluminación para un otro mundo posible.

No hay que tenerle miedo al despliegue del espectáculo filosófico, aunque tampoco hay que verlo como el fin último del hombre. No hay teleología o plan secreto de la moda. Pero sí hay modos de subjetivación diferenciados y maneras de hacerse cargo de ellos. Ahí es donde se abre la oportunidad para ir más allá de los simples clichés o fórmulas que asociaban lo filosófico básicamente en una oscilación entre el hippie y el académico, para ir más bien hacia lo inesperado, lo indefinible; donde caben tanto lo que es tan normal que termina siendo indiscernible, como lo monstruoso en todos los sentidos. A nosotros nos tocará darle sentido a todo esto.

Apéndice: Coverear a Platón

El primer nivel de la preparación filosófica, más allá de ser un mero fan por supuesto, es poder reproducir los argumentos clásicos, el del Fedón de Platón, el del sueño de Descartes, el del giro copernicano de Kant, etc. Este grado puede ser ya admirable en cierto punto. Es como las bandas que tocan covers y lo pueden hacer muy bien o muy mal. Se puede echar a perder la pieza por ejemplo, pero también se puede hacer una apropiación que sea incluso mejor que la original. Cualquiera que se diga filósofo debe mostrar al menos alguna habilidad para poder hacer esto. Es lo que se enseña y se aprende en los colegios de Filosofía en el mundo entero. Sin embargo, repito, ese es apenas el primer nivel. Después de eso viene la creación propia. Nos han dicho que eso sólo lo pueden hacer unos pocos, pero por eso es necesario quitar el aura a la filosofía. Sólo de esta forma todos podemos convertirnos en pensadores.

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