Sobre las sociedades de des-control

Si en los países del llamado tercer mundo podemos hablar de necropolítica más allá de tan solo biopolítica, también habría que advertir que sería necesario hablar de sociedades de des-control y no solamente de sociedades de control. Así como la necropolítica, como administración de la muerte, es el lado negativo y complementario de la biopolítica, como poder sobre la vida; las sociedades de des-control serían el negativo de las sociedades de control descritas por Deleuze. Por lo tanto, si en las sociedades de control el riesgo era la interferencia, la piratería y los virus, de acuerdo con Deleuze, nuestras sociedades de des-control se caracterizan precisamente porque en ellas reina la interferencia y el ruido, nada se cumple perfectamente, todo es pirata y todo en ellas, incluyendo los sujetos que las conformamos, somos como un virus que se expande sin regulación. Todo el mundo hace lo que quiera. No hay autoridad definitiva jamás, aunque tampoco hay anarquía. Lo que hay es puro abuso de autoridad, nepotismo, demagogia, negligencia.

En este contexto, de pronto seguir las reglas al pie de la letra se convierte en uno de los actos más radicales de rebeldía. Esto conlleva para la rebelión dos tipos de consecuencias. En su lado negativo, un defensor de la ley, por ejemplo un “supercívico” o alguien que realiza operativos ciudadanos para hacer cumplir la constitución política haciendo uso de instrumentos de vigilancia como cámaras de video o transmisiones en vivo, se puede volver un héroe nacional. De ahí también que en las protestas y marchas callejeras que se llevan a cabo casi diariamente en nuestro país, siempre sea necesario introducir guardias que disminuyan el riesgo de infiltrados en el movimiento para desprestigiarlo, una estrategia demasiado común por parte del tipo de gobiernos truculentos de las sociedades de des-control. Frente a estos peligros, al interior de los manifestantes se levantan acciones de supervisión y seguridad antiviolencia, antisaqueos, antigrafitis incluso; y repentinamente los que eran opositores se transforman en los máximos defensores de la ley y el orden, se vuelven ellos mismos policías. Ahora bien, hay un cierto gesto ahí de subversión aún con todo. Precisamente, en su lado positivo, en las sociedades de des-control seguir las reglas se vuelve un escándalo. Ser fiel, abstemio y honrado puede llegar a convertirse en un ejercicio estoico contra todo tipo de procesos enviciados sobre sí mismos. Al no poder reprochársele o imputársele nada a este tipo de rebelde obediente, éste puede incluso pasar desapercibido para infiltrarse dentro del sistema si simplemente sigue las reglas y no llama la atención de los censores y centinelas especializados en detectar irregularidades o anormalidades para la obtención de sobornos. Uno puede de pronto estar del otro lado sin que nadie de haya dado cuenta del momento en que sucedió y de un momento a otro hacer explotar el sistema, o al menos hacerlo virar radicalmente desde dentro.

Es necesario decir que si, como lo decía Deleuze, las sociedades de control no sustituyen a las disciplinarias, tampoco las de des-control suplantan a las de control. Así, tanto la infiltración a través de la norma, como la viral, e incluso la del sabotaje más material hacia la industria, siguen siendo necesarias si de rebeldía se trata. Desde este lugar, puede que se vuelva difícil aceptar eso, pero hay que pensar que para los narcotraficantes, los empresarios clientelistas, los políticos compadristas, los mafiosos y los amiguistas en general, nunca es una cuestión complicada aplicar la ley cuando se presta a sus fines ni tampoco saltársela cuando así lo requieren. Estamos ante la fusión del Estado de derecho con el Estado de excepción que bien describe Agamben en el Homo Saccer. Frente a esto, la rebeldía ha de ser de igual manera abierta y flexible a todo tipo de corrosión o torcedura del sistema. ¿Cómo distinguir entonces entre este tipo de corrosión por parte de la rebeldía y la corrupción más banal y corriente que rige en las sociedades de des-control? No es posible realizar tal diferenciación. Hay que advertir que rebelarse en las sociedades de des-control implica asumir el riesgo de jugar con las reglas del juego del enemigo. Implica asumir una apuesta en la que se puede perder. Pero quizá justo en eso consiste la apuesta de la rebeldía hoy y siempre. Si fuera fácil distinguirla o si hubiera fórmulas para ello, entonces igual de fácil sería fingirla, falsearla y corromperla. Eso es algo de lo que tal vez apenas podemos darnos cuenta y podemos aprender nosotros los del tercer mundo.

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