Apuntes para un concepto de “necropolicía”

Hay una diferencia entre política y policía. Mientras que la política abarca todo tipo de acciones dirigidas a dictar la ley, la policía se encarga de administrarla. Así, sólo cuando la política deja de verse como un espacio de discusión donde las leyes que han sido dictadas previamente pueden ponerse en suspenso, entonces se le puede llamar policía y no más política. Ahora bien, la policía tiene muchos niveles. En los niveles más altos, hay mandatarios de Estado que no son sino policías a gran escala, es decir, que solamente se encargan de mantener el orden establecido para un territorio, sin poner en discusión ni movimiento las jerarquías, bandos, clases, dinámicas, y demás actores que componen a una nación. En estos niveles hay también corporaciones internacionales que se encargan no solamente de mantener sino incluso reforzar y desarrollar dispositivos para que el orden global siga su curso. En los niveles más bajos, el término “policía” se referiría a los individuos particulares que se encargan de hacer valer la ley en el día a día y cuerpo a cuerpo. Esta última acepción del término es la más generalizada. Sin embargo, vale la pena aclarar, no sólo los uniformados de azul en las calles forman parte de este conjunto, sino también cualquier burócrata, oficinista, administrador, incluso los consumidores y prácticamente cualquier persona que no ponga en suspenso ni entredicho su estilo de vida y las normas que lo rigen, sino que se mantenga apegado a ellas sin cuestionamiento alguno.

Una vez dicho lo anterior, habría que señalar, para empezar, una diferencia entre el concepto bien conocido de biopolítica, acuñado por Michel Foucault, y biopolicía. Así, mientras que la biopolítica se referiría a todo lo relacionado con el orden general del vigilamiento de los cuerpos y las poblaciones, la biopolicía serían las instancias y sujetos particulares que se encargan de llevar a cabo todos estos controles. Si seguimos esta lógica, también habría que hacer una diferencia entonces entre necropolítica, como la habría descrito Achille Mbembe, y una necropolicía aún por clarificarse. Mientras el término necropolítica se refiere a una administración de la muerte de manera sistemática e industrial masiva, el de necropolicía se referiría a la administración artesanal de la muerte, uno a uno, cuerpo a cuerpo. Así, los necropolicías serían definidos como todos aquellos individuos que sirven únicamente para mantener el sistema de muerte que reina en los países dominados en este orden mundial. Sayak Valencia, más desde la intuición que desde un análisis detallado, le llamo a esto “sujetos endriagos”. Así como la necropolítica es el complemento de la biopolítica, el necropolicía es el complemento del biopolicía. Al ser complemento uno del otro, sus formas de operar también son complementarias e incluso, se podría decir, opuestas en cierto sentido.

Siguiendo a Sayak Vakencia, efectivamente el necropolicía puede ser descrito como un sujeto que aspirando a obtener los beneficios que supone la sociedad biopolítica, intenta obtenerlos a su manera, violando las leyes y obedeciendo a sus deseos más obscenos. Estamos hablando aquí de la diferencia entre “primer mundo” y “tercer mundo”. Mientras que en el primero reina el orden y la vigilancia, pero también los placeres que supone el acceso fácil a todo lo permitido por el régimen biopolítico, en los últimos manda el des-control y los arreglos a escondidas emparejados con los riesgos que conllevan las malversiones que se concede la necropolítica. Así, no solamente los narcotraficantes de alto y bajo rango forman parte de la necropolicía, como los habría encajado Sayak Valencia, sino todo aquél que, al sentirse atraído por los privilegios de las sociedades biopolíticas, debido a una serie de condiciones de su contexto termina sirviendo a su contraparte necropolítica. Pero no se trata solamente de una aspiración de clase. En este caso no podríamos hablar de clase, en el sentido solamente de capitalistas y proletariados, porque es mucho más complejo que eso. En última instancia, quizá podríamos hablar de para-clases, es decir, sí jerarquías, dueños, supervisores, peones, etc., pero en un régimen paralelo y oculto al mantenido y defendido por las leyes que gobiernan el Estado-nación. Así, no importa el rango que tienen los individuos involucrados en este tipo de prácticas, de todas formas están fuera del radar constitucional. Y entonces su venganza no puede ya ser formulada tampoco en términos de radicalidad o reformismo hacia el sistema, o lucha de clases, sino en términos de uno a uno, cuerpo a cuerpo, ojo por ojo.

El sujeto endriago, señalado por Sayak Valencia, no es simplemente un monstruo que inexplicablemente se siente atraído por la muerte solamente porque está de moda. Hay ahí toda una configuración de la subjetividad de la que hay que dar cuenta. Lo gore, dice Valencia, se refiere a “el elemento paródico y grotesco del derramamiento de sangre y vísceras que, de tan absurdo e injustificado, parece irreal, efectista, artificial, un grado por debajo de la fatalidad total”. Es decir, que si no alcanza la categoría de snuff no es solamente porque –según le parece a ella– puede aún ser frenado, sino porque lo que lo distingue más que ser morbo de la realidad descuartizándose –como lo sería en el caso del snuff– es el goce de lo visual, lo aparatoso, lo espectacular, sin que esto comprometa la responsabilidad de la muerte. Si los sujetos endriagos mantienen el orden existente es porque permanece disociado su atractivo por la violencia y la consciencia de sus condiciones de vida y muerte. La espectacularidad se presenta como el único recurso para hacerse valer en este nivel. El gore tiene que ver con la simulación y la exhibición de la sangre, pero siempre desde la comodidad de la pantalla. Es muy amplia esa distancia del gore y la ficción frente a lo real del snuff. El gore está relacionado con el consumo que México tiene de las producciones estadounidenses y cómo llegan a México. Y en ese sentido, el capitalismo gore sería entonces una respuesta o complemento no solamente a la necropolítica de Mbembe, sino también a la sociedad del espectáculo de Guy Debord. Si para Debord el capital se ha convertido en imagen, para Valencia esa imagen esa imagen sólo es atractiva si tiene sangre.

Si recordamos el planteamiento original de Michel Foucault acerca del nacimiento de la biopolítica, veremos el derecho de hacer vivir al que hace referencia este término no fue sino un derivado del derecho de hacer morir que ya era capaz de ejercer el poder soberano. Así, la necropolítica entonces queda expuesta como algo anterior a la biopolítica y no posterior, como se podría pensar a partir de cierta lectura de Achille Mbembe. Antes que nada, recordemos también, cualquier política se ha tratado siempre de una cuestión de violencia y poder sobre los cuerpos de los otros, pero sobre todo de la posibilidad de aniquilar al otro. No es sino a partir de la negociación, para conservar la vida, que puede surgir una comunidad con reglas y jerarquías. Lo que sí es posterior a la necropolítica no solamente es su formulación teórica, sino las posibilidades para que esta teorización se diera. Y entonces nos estamos refiriendo más bien al desplazamiento desplazamiento y condensación geográfica de la necropolítica, más que a su aparición. En otras palabras, no es que la necropolítica sea una derivación o consecuencia de la biopolítica, sino que es su complemento y siempre acompañante, ambas son co-dependientes y nunca ha habido ni puede haber biopolítica sin necropolítica. Ahora bien, es necesario decir que es quizá su concentración en ciertas regiones amplias lo que espanta y la hace visible. Es entonces cuando cobramos consciencia y levantamos la denuncia. Es entonces cuando el necropolicía queda al descubierto completamente como no solamente aquel que da muerte, sino que ya goza con ello, pues se ha convertido en su estilo de vida y no por elección sino porque esta práctica de exhibición de la muerte ya se ha vuelto una exigencia social. Tiene que cumplir con el papel que le toca en el orden mundial y tiene que de-mostrarlo.

Analizándolo a detalle, tal pareciera que se trata de una suerte de balanza en equilibrio o juego de oposiciones complementarias. Así como la necropolítica y los necropolicías se corresponden negativamente con la biopolítica y la biopolicía, el gore se corresponde con el espectáculo. Paradójicamente, todo este análisis sólo se nos es permitido hacerlo en los marcos de la biopolítica, resguardados por el respaldo que nos supone el dispositivo de la escritura colegiada. Pero en la experiencia ajena a este marco quizá no nos es posible salir del espanto que supone enfrentarse cara a cara todos los días con los necropolicías que somos todos los habitantes de las sociedades omninecróticas, es decir, donde todo tiende a la muerte y degradación de la vida. Uno a uno, todos somos enemigos aquí donde si no damos el trancazo nosotros nos lo da el de la esquina. Y lo sabemos.

*Este texto fue escrito en gran medida gracias a las reflexiones que ha suscitado el grupo de investigación sobre Bio y necropolítica en la UACM dirigido por la Mtra. Alejandra Rivera y el Dr. Bily López.
Categorías Filias, Pensamiento

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