Evo, ¿un Baby Yoda de la política latinoamericana? Una especulación pachamámica

Neil Mauricio Andrade

¿Se parece en algo Evo Morales a Finn el stormtrooper rebelde que aparece en el episodio VII de Star Wars: El despertar de la Fuerza? Es lo que sugiere una parodia apologética hecha por algún seguidor anónimo en el contexto de la reelección de Evo en 2015, por cierto, un video compartido desde las redes oficiales de la campaña impulsada por el Movimiento al Socialismo. [1] O más bien, trascendiendo esa coyuntura electoral, ¿es Evo una suerte de Baby Yoda de la política latinoamericana?, ¿se trata de un personaje secundario pero capaz de revitalizar, mediante la fuerza del carisma, una franquicia tan desgastada cuan mítica como lo es la democracia capitalista? ¿Cómo sería un golpe de Estado si fuese un spin-off de Marvel o Star Wars, ahora incorporadas a The Walt Disney Company…?

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Tras agotado el ciclo progresista basado en la exportación de materias primas y la integración de planetas indígenas a la ciudadanía y la sociedad de consumo intergalácticas, la tregua extractivista con el imperio es más frágil que nunca. Mientras nuestros héroes son traicionados por facciones feministas y autonomistas, el imperio toma partido de la división en el interior de las antiguas alianzas bolivarianas y avanza: hasta ahora ha desplegado cientos de tropas del recién creado ejército de clones evangélicos por toda la galaxia latinoamericana. Se rumora que los clones se han instalado en posiciones clave, cerca de las reservas energéticas, y lo que es peor: el imperio está preparando un nuevo golpe de Estado…

El personaje, la imagen de Evo Morales que está más allá del bien y el mal, es un exceso libidinal en la representación política blanca. Toda crítica racional dirigida contra él se revierte con la misma fuerza: lo amas o lo odias; si no estás con él, estás en contra. Similar no en términos iconográficos sino estructurales al carisma de Baby Yoda, la fuerza cute es capaz de neutralizar cualquier ataque de fans apropiacionistas, dudosos del destino del universo Star Wars una vez adquirido por Disney en 2012. 

En The Mandalorian, la nueva serie de Lukasfilm-Disney, la estrategia fue regresar al animatronic. Aunque las peleas hechas en pantallas verdes permiten una inyección de euforia, como el vertiginoso Yoda del episodio II: El ataque de los clones (2002), el público ya no se contenta con pura acción y disparos láser dirigidos a niños, adolescentes y padres de familia –así, en masculino–. ¡Basta de demagogia! Baby Yoda es una marioneta electrónica, con texturas y volúmenes inimitables a computadora, un ser tan vívido y entrañable como lo fue el Yoda de los ochenta. El cuerpo de estos Yodas sufre el desgaste de la intemperie y es tan real como el cuerpo de Evo durmiendo sobre el piso en algún hangar inhóspito, desde el exilio, cubriéndose con cobijas improvisadas. 

Aunque romántico, el exilio se ve bien en nuestro paisaje audiovisual contemporáneo. Nada de pos-verdad, ni elecciones diseñadas vía algoritmos, en todo caso, estamos ante las viejas triquiñuelas analógicas y “caídas del sistema” electrónicas. La popularidad en tiempo real, el acento de Evo en tiempo real, las palmaditas en el hombro y la papada de Evo son asestadas por Marcelo Ebrard en tiempo real… Obviamente Evo no es un alien pero se extraen elementos de “otredad” a conveniencia; y, a diferencia de la clase política convencional en Occidente, tiene el beneficio de la duda, un beneficio que no deja de ser aleccionador y pedagógico. 

Y es que Evo viene “desde abajo”, tiene raíces, eso lo hace diferente: una infancia aymara entre los plantíos de coca, paseando llamas en el altiplano de Oruro. Yoda es un sabio pre- o trans-moderno, como Evo que ni siquiera fue a la universidad y se formó en la escuela de la vida y el sindicalismo, lo que “no es por presumir”, como dijo Lorenzo Meyer con Aristegui, pero eso ya te pone al nivel de don Benito Juárez,[2] quien por su parte sí fue a la universidad con muchas dificultades, por supuesto, pero era y seguirá siendo, igual que Evo, un sencillo pastor. 

Claro que en todo esto hay un violento proceso de racialización de Evo por parte de un sistema político y una industria cultural tardía que se percibe a sí misma como “mestiza” o “no indígena” (y todxs en cierta medida compartimos esta autopercepción). Pero la racialización nunca es unilateral, sino que empodera. Decir lo contrario sí que sería condescencia y doble victimización racista. Evo ejerce el poder internamente y explota lo que Cusicanqui ha denominado “especulación pachamámica”: una forma de captura New Age de la plusvalía semiótica o simbólica contenida en el pasado colonial encarnado por los aymaras actuales.[3] Basta recordar cómo durante el Second Latin American Humanist Forum en 2007, después de rituales con coca, Evo fue nombrado “Guerrero Armónico Amarillo” –lo que sea que esto signifique– porque no solo “ha recuperado los hidrocarburos para Bolivia, sino que ha devuelto la dignidad al pueblo boliviano”.[4] Evo había escrito el prefacio del libro El fin de la prehistoria del hermano Tomás Hirsch o “Humano Solar Amarillo”, vocero de la organización convocante. El libro, que se presentó en susodicho evento, cierra con un Epílogo acerca de la nueva espiritualidad del cual reproducimos una muestra:

Llegó el momento de volvernos hacia nosotros mismos y buscar la luz en nuestros propios corazones, porque la experiencia histórica está indicando que la “verdad verdadera” no puede obtenerse por la pura acumulación mecánica del conocimiento sobre el mundo externo, como nos enseñaba el racionalismo, sino que se accede a ella a través de una comprensión instantánea y directa (no intermediada por nadie), que es el fruto de una profunda experiencia interna de iluminación. Como muy bien lo saben los místicos de todos los tiempos, es una verdad revelada. Después vendrán las interpretaciones y los mitos, elaborados y reelaborados una y otra vez a partir de esa experiencia original y que tenderán a multiplicarse con el paso del tiempo, como siempre sucede. Pero lo importante seguirá siendo la posibilidad cierta de acceder a esos recintos sagrados de la propia interioridad en los que se guardan los significados eternos, espacios míticos donde conviven en completa armonía hombres y dioses. Después de muchos fracasos dolorosos, nos da la impresión de que el ser humano está nuevamente disponible para abrirse a vivir esa experiencia fundamental, de la que se alejó por causas que son demasiado complejas de analizar y superan las intenciones de este escrito. El punto en cuestión ahora es la obtención de los medios para acceder a una vivencia que ha perdurado sólo como vago y confuso recuerdo de tiempos inmemoriales. ¿A quién acudir? ¿En quién confiar? Por sobre todo, hay que buscar entre quienes no te piden nada y tampoco tratan de imponerte ningún dogma, guías bondadosos que se limitan a mostrarte un camino para que tú lo recorras libremente, en el caso de que ese fuera tu deseo más profundo. Si la época lo está demandando, esos guías ya existen en alguna parte y bastará con aprender a ver para percatarnos de su existencia, siguiendo el mandato de una sincera necesidad interior que orientará esas búsquedas. Pero con ello también estamos señalando a quienes debemos evitar, para no equivocarnos: a cualquiera que utilice (o avale) la violencia como medio, por más elevados que sean los propósitos que declare. 

La especulación pachamámica es una producción de simulacros del pasado colonial, esto es, el folclor y la autenticidad como productos contemporáneos.[5] Después de los estados nacionales ilustrados, lo indígena tal como aquí se concibe resulta una “vivencia que ha perdurado sólo como vago y confuso recuerdo de tiempos inmemoriales”, vivencia hoy asequible por la vía de la intuición, el corazón, gracias a estos guías espirituales, y lo más importante, “sin violencia” alguna. En la era multicultural, los estados nacionales de raíz colonial, antes “tercermundistas”, recurren a este discurso especulativo no simplemente para ganar popularidad, sino para reinventarse en sus mecanismos de inclusión y exclusión. Paralelamente, las corporaciones de entretenimiento se expanden en el gusto de poblaciones heterogéneas, en este caso, la Pachamama es un simulacro intergeneracional e interseccional. Podríamos decir que este gusto por una religiosidad sin religión, o una espiritualidad sin dioses antropomórficos, es algo que George Lucas detectó en el target juvenil de Star Wars desde finales de los setenta. La Fuerza, esa energía ubicua que permea y equilibra el universo, sensible para los Jedi, sería un resabio mercantilizado de los postulados psicodélicos y pacifistas desde los sesenta. Se trata de un gusto que no cesa de reinventarse a medida que la “otredad” cambia de código, desde el orientalismo de aquella época hasta la Pachamama reciente.

Si Baby Yoda satisface a todos los miembros de la familia, Evo le cumple tanto a los nostálgicos de la Guerra Fría, sean de izquierdas o de derechas, como al posmodernismo digital de los 2000. Se trata de un político con speech revolucionario de vieja guardia (factor sindicalista) con un toque de universalismo New Age (factor aymara). Del Camarada o Compañero, al Hermano del pueblo. La imagen, el personaje de Evo, es capaz de brindar el mínimo espesor de fantasía para salir a votar, o al menos interesarse por la política. Baby Yoda hace lo suyo en el terreno del cine: a pesar de todo, seguimos yendo al cine y comprando palomitas los domingos cuando podríamos echarnos a ver Netflix o Cuevana3. 

Estas campañas son simultáneamente electorales y mercadológicas, y requieren una expansión o una “edición especial”, la producción de la excepcionalidad como evento live-stream, una polémica inter-medial, un aditamento multisensorial que en la estricta arena del partidocracia o de la cartelera de cine ya no se consigue más, por más reseñas o análisis se elaboren alrededor. Si esto es así, Evo se fue pero hizo más por la franquicia democrática que si se hubiera quedado. Desde el exilio, Evo y Yoda generan bonos de esperanza en forma de memes, o cuando menos diversión. Porque si el golpe de Estado fuese un spin-off de Disney, la historia no sería tan diferente, y ese es el problema. ¿Qué pide el pueblo?, ¿qué piden los consumidores? 

Además de carisma genuino, fuera del plano de la representación, en el fondo, queremos que las sagas nunca terminen. Aplica algo interesante que dijo Stephen King sobre el aluvión de críticas negativas del final de Games of Thrones: lo que a los fans les molesta no es un final reduccionista, misógino o incoherente, sino el hecho desnudo de que es un final.[6] Esta franquicia se terminó y es un hecho irreversible, insoportable, terrible. ¿Por qué nos quitan esta pequeña felicidad? Este límite es lo que las figuras de Baby Yoda y Evo Morales en sus respectivos campos ocluyen, eluden, postergan estructuralmente, hasta el fin de los tiempos. Y si es cierto que, a diferencia de la ciencia ficción, el género fantástico mainstream se decanta más por el principio del placer que por el de realidad, como piensa Frederic Jameson, ¿existe alternativa a la eterna y expandida disneyficación de la política representativa?

Notas

[1] https://www.milenio.com/internacional/estilo-star-wars-pide-evo-morales-voto-bolivianos

[2] https://aristeguinoticias.com/1111/mundo/la-renuncia-de-evo-morales-y-la-liberacion-de-lula-analisis-de-meyer-y-aguayo-en-mesapolitica-video/

[3] Cusicanqui, Entre el folclor y el dolor. Presentación en Os Mil Nomes de Gaia. Do Antropoceno à Idade da Terra (julio de 2015). https://www.youtube.com/watch?v=AC_ySMO5-P0&t=604s

[4] Report. Second Latin American Humanist Forum: Latin America United without Wars and Violence http://www.planetartnetwork.info/pan_reports/lunar_wizard_reports/moon5/chile5.html

[5] “Patrimonialización y violencia simbólica global” en Co-presencias una persistencia simultánea de voces (México, 2019). https://www.academia.edu/40178164/Patrimonializaci%C3%B3n_y_violencia_simb%C3%B3lica_global_2019?auto=download

[6] https://www.cinemablend.com/television/2471931/stephen-king-thinks-he-knows-why-game-of-thrones-final-season-is-so-hated

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