Historia de un pequeño mundo en crisis

Vamos a hablar de un mundo pequeño que, aunque diminuto, tenía sus parcelas artificialmente divididas por fronteras casi invisibles, pero a la vez altamente eficaces, a tal grado que incluso se hacían guerras en ellas para defenderse, conquistarse o robarse entre sí mismas.

Este pequeño mundo tenía también unas parcelas de conocimiento y, entre ellas, dos grandes disciplinas, igualmente ilusorias, destinadas a las labores que sus mismos habitantes, después de mucho tiempo de disputas tanto intelectuales como físicas, habían erigido como sus obras supremas. Estas dos elaboraciones llevaban el nombre de Filosofía y Arte. Cada una se ocupaba, a la vez, de los dos mayúsculos complejos que, hasta la fecha en que escribo esto, no habían podido resolverse o subordinarse el uno al otro ni, por supuesto, a ninguna otra cosa: la mente y el cuerpo. A pesar de representar sus dos más altas creaciones, éstas habían sido olvidadas y hacía tiempo que seguían actuando por mera inercia, incluso se llegaban a considerar creer, por sí mismas o por otras parcelas de la cultura, como algo no necesario o, en todo caso, insertas en sus propias discusiones sin ninguna relación con todo lo demás.

Un mal día este mundo se vio en crisis. Las razones por las cuales cayeron en tal estado en realidad no importan. Primero se adjudicó la causa a alguna parcela determinada, tanto para responsabilizarla como para delegarle su solución. Sin embargo, muy pronto se vieron infectadas e involucradas todas las demás regiones, tanto materiales como inmateriales. Como era de esperarse, las pequeñas demarcaciones hicieron lo que pudieron a su manera. Tratando de salvarse a sí mismas, se echaron la culpa unas a otras; algunas se quisieron promulgar como las salvadoras de todas las demás o como ejemplo a seguir; muchas intentaron evadir el problema; otras solamente acataron órdenes de las que se autoproclamaban superiores y con autoridad, etc. A todas les llegó la crisis irremediablemente en algún punto, y era una crisis compartida.

Y entonces recordaron que desde hace un tiempo habían preservado dos territorios ya casi abandonados. Sólo solían visitarlos quienes por profesión tenían que hacerlo, quienes habían sacado las licencias necesarias para vivir ahí y una incalculable cantidad de ilegales que las transitaban de manera libre, pudiéndose quedar ahí mucho o poco tiempo. De acuerdo a la mitología asociada con estos dos territorios imaginarios, absolutamente cualquiera de los habitantes de ese pequeño mundo podría recurrir a ellas en el momento en que quisieran o lo necesitaran. Funcionaban como una especie de refugio de lxs desdichadxs hasta el momento, aunque no faltaban quienes se aprovechaban de sus estatus especial para prácticas extractivistas. Pues bien, de pronto en el momento en que todos los demás regímenes se vieron superados por la crisis todo el mundo quiso estar ahí.

De todas las minúsculas fracciones de este pequeño mundo ya se sabía qué esperar. Y efectivamente cada una sólo se ocuparon de su propia circunscripción. Sin embargo, de la Filosofía y del Arte se esperaba algo más. Pero a pesar de toda la fe depositada en ellas, quienes frecuentaban la Filosofía y el Arte siguieron discutiendo y haciendo lo mismo que antes de la crisis. Algunxs de ellxs incluso se habían creído el cuento de que ellxs sólo representaban una parcela más de aquel diminuto mundo. No supieron, por lo tanto, ver la singularidad de aquel momento y lo que se les estaba pidiendo. Continuaron, por el contrario, debatiendo acerca de constructos especializados en una terminología inentendible para el común de lxs habitantes. Resultó además que en ese territorio ya estaban reservadas algunas áreas privilegiadas para ciertas figuras reconocidas dentro del campo. Y prácticamente todxs lxs que recurrieron a tratar de salvaguardarse ahí cayeron en la tentación de querer ocupar ese lugar o, en todo caso, imitar, seguir o a veces entablar diálogos o incluso querellas con aquellas supuestas eminencias. Ninguna de las prácticas mencionadas sirvió en absoluto para superar la crisis. Contrario a ello, entre más se esforzaban por comprender su situación bajo estos supuestos, más parecía que se hundían en la paranoia, la depresión, el estrés, el ensimismamiento, la toxicomanía, la agorafobia y otros trastornos que en la población se habían diseminado a raíz de la crisis.

Tuvo que surgir entonces una práctica radical inédita que diera respuesta a lo que aquellas grandes parcelas no podían ni menos aún las medianas o la unión de varias de ellas. Tuvo que destronarse, para empezar, aquella división parcelaria, desde su binomio principal hasta todas las demás derivaciones del mismo, ya fueran dirigidas más hacia un lado o hacia el otro. Más aún, tuvo que emerger una simbiosis mundial que trajo consigo una multiplicación irrefrenable de agenciamientos recíprocos, encadenados y altamente contagiosos. Tuvo que destruirse todo el orden establecido hasta el momento para dar paso a la emergencia de imaginarios nuevos. Tuvieron que caer todas las fronteras y todos los regímenes artificiosos. Todo ese pequeño mundo tuvo que desmantelarse y reinventarse. Tuvo que aparecer una banda de transgresores sin respeto por nada  que, sin importar si eran muchxs o pocxs, tenían una potencia aún mayor que la suma de todos los individuos particulares que, por más que querían, no hacían sino conservar y reforzar su desgracia en su intento por protegerse a sí mismxs. Era una colectividad sin límites ni reglas; sin forma distinguible ni identidad de ningún tipo; sin bordes ni distinción de unxs con otrxs; sin principios ni fines.

No sólo la Filosofía y el Arte, sino todas las demás parcelas subordinadas se volvieron territorios libres por un tiempo. Sólo de esta manera la crisis no sólo se superó en los términos en que se esperaba, sino que precisamente al dejarse atrás todas las segmentaciones arbitrarias, todos los motivos de la crisis, sus consecuencias en todas las escalas conocidas y los temores de afectación de las que restaban, se mostraron como lo que eran, algo plenamente irrisorio, absurdo, sin sentido y tan ficcional como la existencia misma de todo ese pequeño mundo. Así fue como, a costa de abatir todos sus ideales, dogmas, costumbres y comportamientos normalizados, por fin se alivió este mundito. Este lapso, sin embargo, duró muy poco, fue un instante, casi una nada. Después de eso, bajo una reordenación más o menos precipitada pero también bastante predecible de poderes, estructuras y mandatos, todo regresó al mismo curso de siempre.

Aquella crisis de la que hablamos arriba por supuesto no es la crisis del COVID-19 y ese pequeño mundo que describimos afortunadamente tampoco es el nuestro ni pretende parecerse. No obstante, quizá el único consuelo que nos puede quedar de esta corta historia es que aquel último reducido momento que invocamos en nuestro relato tal vez sí podría serlo.

Categorías Filias, Notas, Pensamiento

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