La potencia de la escucha en los espacios autónomos y activistas

La escucha abierta es una práctica que puede ser una herramienta muy relevante en tiempos en que la búsqueda por lo alternativo o lo disidente ha llegado a una encrucijada. Ya no podemos seguir pensando este tipo de espacios sin un trabajo profundo sobre el complejo terreno de los afectos. No es posible seguir habitando estos espacios con ingenuidad. Tenemos que ir justo al contrario, más allá de ella porque ésta sería la única forma de revertir el proceso normalizador y de híperindividualización donde todos los problemas son llevados al ámbito personal. De ahí se alimenta tanto la autoayuda como la psiquiatría, la psicología y el psicoanálisis en su sentido burgués y tradicional. Muchas veces sucede que al haber sido estos espacios conformados justamente por personas antisociales o disconformes se convierten también en depositorios de las pasiones más humanas. Esto no estaba mal antes del feminismo, pero ahora ya no puede seguir así. Ser unx transgresorx, así sin más, ya no es suficiente cuando el Capital se ha apoderado de la rebeldía como su motor principal de venta.

Por otro lado, ¿hasta dónde deben llegar la apertura, la tolerancia o el cariño radical? Ya no podemos seguir tolerando espacios o grupos machistas y patriarcales pero tampoco podemos volvernos la nueva policía de izquierda que busca el castigo y menos aun la auto-represión de sus miembrxs. Es una paradoja inescapable que si no enfrentamos tiene el poder de acabar con todo trabajo y esfuerzo de la subversión. Hace falta una apropiación de la práctica de la escucha abierta que se realiza en el análisis, en sentido freudiano pero también del esquizoanalisis deleuzeguattariano, para poder hacernos cargo de los afectos en la colectividad es una forma de darle la vuelta a las lógicas del capital, su eficiencia y su hipocresía. Esto supone darse el tiempo para escuchar a lxs otrxs y una apertura radical a la comprensión de la otredad con todo y sus más terribles pulsiones, es decir, a todo aquello negado en esta sociedad impostora. 

La lógica del Capital nos quiere hipócritas. Requiere de gente que no se acepta a sí misma ni a la realidad cruda que nos rodea, nos vende escapes de todo tipo siempre huyendo hacia la interiorización del sufrimiento pero también de nuestros placeres y saberes. La compartición de esto puede ser una práctica radical. En cualquier espacio normalizado de la socialización, se nos pide guardarnos todos nuestros instintos ante la vista de lxs demás. Y así lo hacemos. Sin embargo, sabemos que cualquier lugar de trabajo no sólo no está exento de roces, choques de egos y todo tipo de dimes y diretes, sino que incluso quizá son la parte más fundamental y odiosa de éstos. Eso es lo que torna horrible cualquier espacio de trabajo normalizado, el hecho de que las jerarquías y las tareas están tan determinadas que sus participantes se valen de ello para hacer todo tipo de engaños, estafas o trucos debajo del agua. Saben que, mientras ante la mirada pública todo esté bien, pueden hacer lo que quieran. ¡Basta de eso! Así se ha mantenido el machismo durante milenios. 

La apertura radical de la que estamos hablando conllevaría una comprensión de las diferencias irreconciliables entre las personas. No se trata de ser amigxs de todxs. En todo caso se trata de abrazar lo que Derrida llama “políticas de la amistad”. Es un trabajo que comienza no cuando todxs estamos de acuerdo en todo, sino precisamente cuando a pesar de estar en desacuerdo podemos seguir trabajando con un objetivo en común. No hay regla para saber cuando alguna acción violenta pesa más que el objetivo en común, eso es algo que depende de cada caso, lo que sí podemos saber es que siempre habrá acciones de este tipo y más aún, la potencia de este tipo de espacios se debe justamente a que sus miembrxs son capaces de este tipo de acciones. Una vez más: si de una forma se puede romper con ese orden no es mermando las potencialidades humanas y negando esos bajos instintos, sino justo al revés, poniéndolos al descubierto y haciéndonos cargo de ellos a cada ocasión. Es ahí donde se enriquece la autonomía, cada unx aportando desde su propia forma singular de disidencia.

Es necesario pensar y luchar contra el patriarcado pero más allá de los juicios morales y el espanto. Es obvio que todos los hombres de los colectivos en México están atravesados por las lógicas machistas, de hecho cualquiera que lo niegue terminaría siendo aún más machista. Las tácticas separatistas, de exclusión y de combate, tienen su propio sentido y necesidad, por supuesto. Pero la tarea también está en aprender a diferenciar los espacios en los que compartimos luchas y en los que no; en qué momento nos identificamos y en cual nos diferenciamos con lxs otrxs. La resistencia se forma justamente en esos márgenes, y solo este tipo de colectivos pueden estar en constante auto-cuestionamiento hacia sus propias políticas. Sólo en estos espacios, en todo caso, sería donde las complejidades de la vida humana pueden ser exploradas y hay que aprovecharlos para ello. Fuera de ellos ya están dadas las divisiones de clase, género, color, jerarquías, lugares y horarios. Por ello, no se trata de convertirnos en seres puros o exentos de toda pasión humana, de rencor, celos, nervios, odios incluso. Se trata de saber aceptarnos, poder compartirlo y lidiar con ello.

Sobre la construcción de los “espacios seguros”, de lo que se trata es de construir espacios de confianza, no de punición o burocracia. Nadie puede garantizar que violencias, agresiones, ofensas, así como generación de malentendidos o incluso susceptibilidades de bajo umbral no se van a presentar. Somos seres humanos y como tales, podemos tener humores, momentos, sentimientos, arranques, etc. De lo que se trata es de que todo esto se pueda hablar sin miedo a llegar a lo más profundo e íntimo de nuestro ser; no para detener o eliminar nuestros modos de ser y de enfrentar al mundo, sino para comprenderlos y comprendernos así entre nosotrxs. Esto es lo que sí se puede garantizar: que, a diferencia de los espacios normalizados, todo se pueda hablar abiertamente y no se tenga que esconder por miedo a represalias o incluso por no querer dañar de más a aquél a quien se denuncia. En esto consistiría realmente un espacio de confianza radical y no aquél en el que sabes que todxs están tan reprimidxs que no van a hacer nada, o al menos nada que se les pueda comprobar. Eso se parece más a una iglesia o una oficina. Esa lógica punitiva jala más a la generación de mafias y mecanismos ocultos para las transgresión velada, que a ningún tipo de espacio seguro.

Por último, lo aquí expuesto no quiere decir que se pueda encontrar una solución definitiva a nada, por supuesto. Incluso, al contrario, nos mete en el trabajo sobre la paradoja. Apenas aquí comenzaría el esfuerzo. Las respuestas absolutas que se han tratado de llevar a cabo por parte de las subversiones han salido peor. Ante la represión normalizada de la sexualidad, por ejemplo, el poliamor se erigió como una de las respuestas lógicas para romper con ello; sin embargo, no faltó que los hombres lo utilizaran como pretexto para ser aún más machistas, abusaran de compañerxs, lxs vieran como meros objetos de placer, etc. La advertencia está justamente en que no hay respuestas que se puedan volver imperativos. Si algo podemos rescatar del análisis, en ese sentido, es que cada caso es distinto, jamás podemos generalizar. Abrir paso a una práctica de la escucha abierta radical, como ésta, en los espacios de la resistencia puede ser así de radical si sabemos oír nuestros cuerpos y afectos.

Categorías Filias, Filosofía, Pensamiento

1 comentario en “La potencia de la escucha en los espacios autónomos y activistas

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