No (todo) es culpa de Fortnite

A raíz de la discusión que se ha suscitado en redes sociales, derivada de la reciente masacre llevada a cabo por un niño de 11 años en la parte norte del país, conviene señalar algunos aspectos.

Las autoridades encargadas de dar cause e informar sobre el suceso comenzaron a señalar a los videojuegos como la causa que llevó al estudiante a asesinar a su maestra, a disparar a otro profesor más, a tirotear a sus compañeros y a concluir, satisfactoriamente, con su suicidio.

Esta deducción, que a todas luces nace de un vergonzoso prejuicio, propició toda una reacción en cadena por parte de otros internautas que, de manera muy genérica, defendieron a los videojuegos y culparon, más bien, a otra serie de posibles causas: cultura del narcotráfico, violencia explícita en televisión, delitos y asesinatos cotidianos en el país, abandono de sus padres (que, cabe mencionar, la madre del niño había muerto hace unos años), etc.

Todas estas razones buscaban reorientar la discusión hacia (otros) dispositivos culturales, mismos que debieron (pensaban aquellos internautas con una extraordinaria capacidad para deducir un perfil psicológico a partir de un sólo acto) alentar al niño a cometer este doble asesinato (porque él fue, a fin de cuentas, víctima de sí mismo).

El desafortunado suceso, en sí mismo, nos da mucho para reflexionar: Primero, nos obliga a repensar la niñez sin sus atributos de pureza y bondad intrínsecos y replantearla como una etapa en la vida de los seres humanos en la que se comienzan a configurar, sí o sí, nuestras categorías y valores morales, mismos que guiarán nuestros actos a lo largo de nuestra vida; es decir, no nacemos buenos.

Por otro lado, somos igualmente invitados, de la manera más repugnante, a cuestionar el posible efecto que esa cosa indeterminada y arbitrariamente llamada “cultura del narcotráfico” ha tenido sobre los habitantes del país. Es de señalar que el niño que disparó a su maestra y compañeros nació en el marco de emergencia en el que la guerra contra el narcotráfico se instauró en el país. Esa generación de individuos, cuyo nacimiento brota desde las malditas y sangrientas puestas de sol sobre las que se ha librado esta guerra, apenas comienza a expresar y nombrar cómo es nacer en medio de la muerte por parte de enfrentamientos armados, en total y desafortunada cotidianidad. La formación y evolución de aquella generación que nació en el maldito 2006 posee un pathos distinto que apenas comienza a enunciarse. La nación entera tiene una deuda con su educación, su futuro y sus esperanza, las cuales fueron arrebatadas en muchos sentidos.

Esta “cultura del narcotráfico” que el pensamiento errado reduce a los narcocorridos o a las narconovelas, se ha ido afianzando a través de otros dispositivos poco comunes, que van desde el terror que impone la representación teatral de los cuerpos asesinados y expuestos en plazas públicas, captados por las fotografías de nota roja hasta las nuevas edificaciones propias del arte funerario, donde el poder del narcotraficante permanece expresado simbólica y materialmente en sus costosas y aparatosas tumbas. Estos últimos dispositivos, desde luego, tienen mucho menos impacto que los anteriores (¿Verdad?).

Sin embargo, señalar que la violencia ejercida por el niño y su acto en cuestión es producto más bien de esta condición cultural del narcotráfico y no de otras (como los videojuegos) es igualmente errado y miope. Lo es porque, además de suponer una relación directa entre la exposición a los dispositivos culturales del narco y su deriva en el asesinato, implica también que sólo estos, y no otros, son los dispositivos causantes de influencia negativa.

No es así.

Si queremos pensar que son los objetos culturales y sus configuraciones estéticas los que influencian, dictan u ordenan a un estudiante a que realice tal o cual cosa, entonces deberíamos de analizar cuáles han sido los dispositivos específicos que más afectaron a la psique del niño de 11 años, en qué medida lo han hecho y cómo es que fueron tejiendo sus intenciones, desde la planeación del acto de dar muerte hasta la ejecución del mismo.

Cualquier lector atento habrá advertido el absurdo de este supuesto análisis, el cual se nos revela imposible con relación al niño de 11 años y difícil de analizar en cualquier otro cuerpo porque nuestra complejidad psicológica, nuestras decisiones y nuestras intenciones, las cuales dependen directamente de nuestra inteligencia emocional, no son asunto de alguna develación simple.

Si bien es cierto que nuestro contexto, donde confluyen diversos objetos culturales, videojuegos o no, es el que nos va dando forma, tanto psicológica como emocionalmente, los factores que nos podrían orientar a cometer un acto tal como un asesinato múltiple, no son simples de hallar.

Las causas de nuestras motivaciones no son simples, aunque también es cierto que el abandono familiar, la frustración personal, la pobreza, la exclusión social, la marginación, la constante y sostenida humillación por cuestiones raciales, la imposibilidad de superación, etc., etc., etc.; son causas primeras que orientan a los sujetos a cometer actos socialmente no aceptados y con daños a terceros.

Preguntar por las causas de un asesinato nunca es sencillo, siempre requiere un intento por comprender la descomposición social y los modos de subjetivación que tiene como efecto. O no, hay veces en las que los individuos nacen o se hacen con un espíritu errado, desorientado de su codependencia social, aterradoramente desconectado de los lazos sociales que le han dado su conformación como sujeto. A veces dar muerte a alguien es sólo eso, sin más.

La razón primera de nuestra “descomposición social” (excesiva presencia de la muerte a través de actos vacuos) será en todo caso nuestro sistema de producción capitalista, la desigualdad económica y la inminente destrucción que produce nuestra especie.

La cultura del nacrotráfico tiene una influencia en la conformación de nuestros deseos, sin lugar a duda, pero culparla del estado de emergencia en el que nos encontramos es dotarla de atributos que no posee.

Y no, tampoco es culpa de la reina del sur.

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