Carta de amor en tiempos del control*

Para Stefanía

Sabiendo que esta carta, antes de llegar a su destino, pasará por una infinidad de lectores de todo tipo, la dirijo directamente a ellos quizá a aún más que a ti, amor mío. Y, de igual modo, hablo en ella más de ellos de que nosotros. Pero esto es sólo una clave, pues en algún momento, lo sabemos, nosotros somos ellos y ellos son nosotros (nosotros son ellos y ellos somos nosotros). Éste será nuestro acuerdo, entonces, que cuanto más pienses que hablo de ellos, más estoy hablando de nosotros, y viceversa. En ese punto, y sólo en ese punto, nos podemos encontrar. Y te propongo este plan como el último recurso que me ha quedado después de tanto haberte buscado. Escribo esto en un ordenador, es cierto, porque no hay otra forma de hacértelo llegar. Pero eso no significa que a ello quedemos atados. Como al cuerpo y la mente, jamás nos definimos por estar reducidos a éstos. Y si queremos encontrarnos, más vale que lo sepamos.

Comienzo entonces: No puedo decir que no te he buscado, o que tú no me has buscado. Siempre estuvimos cerca, quizá al lado uno del otro. Quizá convivimos, quizá dormimos juntos, pero algo se ha interpuesto. Esa barrera son ellos. Ellos van a saber qué búsquedas hice, cuánto tiempo hablamos, cuánto tiempo te miré, qué lugares visité contigo, sin ti y por ti. Por eso jamás escribiré tu nombre en un ordenador. Sabes que no podría hacerte eso. Es cierto, ellos van a saber a quien amé e incluso intentarán medir si te amé más que alguien más. Van a querer saber aún más que yo de mi mismo a través de métodos de conversión de lo cuantitativo en lo cualitativo. Van incluso a medir mis dedazos, lapsus digitales. Pero ellos jamás sabrán lo que pienso en realidad. Ellos tendrán acceso a todos los datos de mi vida, verán mi vida como un mapa que les muestra todos mis deseos más ocultos, pero no contarán con que el hombre oculta siempre también voluntariamente. Si bien ellos tendrán acceso a aquello que se me escapa de las manos, o entre las manos, no podrán tener acceso a aquello que voluntariamente yo obligo a escapar de mis manos. Ellos verán lo que yo no quise ver, pero no podrán ver jamás lo que yo quise no ver. Ése será siempre su trastorno, su tormento.

Esa positividad de lo negativo que deja abierto el mundo a que cualquier cosa sea posible será la única forma de rescatar nuestro amor de sus garras. Tan se escapará de sus garras que incluso es posible que vivamos en ellas y aún así ellos jamás se enteren. Nosotros no escaparemos a la red. No nos iremos a un desierto a pretender que ahí somos felices, porque sabemos que después de que hemos sido tocados por ellos, tan sólo mirados por ellos, no existimos si no es ya bajo su mirada. Sin su mirada ya no hay felicidad porque ya no hay siquiera existencia. Lo que haremos será vivir ahi y hacer como si nada pasara. Algo así como lo hacía Julia en 1984, pero nosotros jamás cruzaremos palabra. Su error fue tratar de escapar del Gran hermano. Nosotros sabemos que estando ahí aún con eso no lo estamos. Y siempre lo hemos sabido, sólo que a veces lo olvidamos. Si escribo estas líneas es solamente para recordarte que tú y yo nos amaremos hasta el final sin importar el régimen de cada momento.

Tomaremos la salida de Dante, la salida de los poetas, quienes desde siempre dicen sin decir nada. Afirmaremos que Beatriz nunca existió, o que sí existió; da lo mismo. Diremos lo que tengamos que decir en cada caso. No nos resistiremos ante ninguna imposición porque sabemos que nuestro amor no se juega en esos ámbitos. Tomaremos la salida de Platón, la única salida que ha existido siempre. Por supuesto que no es una salida real, pero ¡a quién le importa ya la realidad!, lo que queremos es amarnos. Si tenemos que negar la realidad para hacerlo, lo haremos.

Lo único que puede salvar nuestro amor es escapar a la captura. Y lo único que puede escapar a la captura es la renuncia voluntaria. Esta renuncia implica que incluso podamos estar frente a ellos; implica que no será necesario escapar ni escondernos. Estoy hablando de la renuncia a nosotros mismos. No necesitaremos tener un deseo oculto; no necesitaremos desear nada más que lo que tenemos. No necesitaremos escapar ni ocultarnos. Incluso será todo tan evidente, tan expuesto que nadie creería que en realidad nos amamos. Ellos buscarán en los diarios, buscarán en los intersticios, en los errores, en los jugueteos; creerán que todos tenemos algo que ocultar, algo que se sale de nuestras manos. Pero precisamente lo que ocultaremos nosotros será que no ocultamos nada. Ahí es donde el sistema se colapsa. La mejor forma de escapar a la captura será estar siempre dentro, no tratar de escapar. Si el sistema se ha esforzado por engañarnos haciéndonos creer que el amor existe, nuestra venganza será realmente amarnos ahí en frente de todos.

Nos amaremos aún cuando estemos obligados a ello. Será como si un par de actores pornográficos realmente lograran hacer el amor. Esa será nuestra venganza. Nadie podrá saber de esto, quizá ni siquiera nosotros. Pero lo que importa aquí es que estaremos juntos. Así, tu nombre será uno entre muchos, pero jamás será tu verdadero nombre, porque tu verdadero nombre no lo sabremos ni nosotros mismos. Estoy hablando de un no-yo a otro no-yo. Por ello, este que escribe tiene que escapar también de sí mismo. Y evidentemente, la mejor forma de escapar será que no escape, sino al contrario, que ceda completamente, que se entregue, se rinda y termine por escribirlo todo. De cualquier forma sabemos que ahí no habrá nada. Ni aún teniendo toda nuestra información podrán capturarnos. ¡Tengan perros! Les cedo todos mis derechos, todos mis esfuerzos y mis caprichos, de cualquier forma ya no estoy ahí, ya no estamos ahí, nuestra herencia se filtra, se distorsiona y termina siendo el todo. Y aquí apenas comienza nuestra historia de amor, la cual es la historia de cómo no puede haber ninguna historia, sino sólo amor.

Ellos tendrán buscadores especializados, examinadores de todo tipo. Podrán hacer asociaciones de palabras, de búsquedas, de imágenes, de todo lo que está expuesto. Y no hay nada que no esté expuesto. Pero precisamente por eso es que nosotros escaparemos. Porque al estar tan expuestos habrán perdido lo que buscaban desde el comienzo. No nos engañemos. Ellos están buscando lo mismo que nosotros. Por eso lo primero que buscarán será todo lo relacionado con las palabras “amor” y “sexo”. Pero no sabrán que justamente eso será lo que no les daremos. No se los daremos si es que de verdad lo tenemos. Para torturarnos utilizarán todo lo que tuvo que ver con lo que más apreciemos. Se piensa que la única manera de escapar a eso es que no apreciemos nada. Pero si así lo hacemos, entonces caeríamos en su juego. Y terminaríamos siendo como ellos. Todos llevamos uno de ellos dentro, es cierto. Por lo tanto, repito, sólo podremos salirnos escondiéndonos para nosotros mismos. Colocaremos anzuelos enfrente de ellos. Para que crean que nos tienen, que estamos vigilados, observados, atrapados, capturados, pero no sabrán que que esos cebos que les ponemos somos nosotros mismos. Ellos querrán buscar detrás de las apariencias; como si hubiera algo ahí. Nuestra venganza será habernos ido en la primera oportunidad, entre las cosas desechables, entre la paja más cotidiana.

Nuestro amor es más que cualquier nombre que se pueda escribir y al mismo tiempo no es nada más que eso. Es universal. Podremos escribir lo que sea y ahí estaremos. Nos escaparemos, nos (in)filtraremos. Cuando menos se den cuenta ya estaremos fuera. Te colocarás en esa esquina. Me llamarás todos los días. Me escribirás que me amas. Estaremos en casa. Y eso no significará nada. Porque lo que significa se escapa. Seguiremos la rutina a fin de que por dentro estemos enteros. Fingiremos. Y fingiremos tan bien que ni nosotros mismos lo sabremos. Ellos creerán que nos tienen; que por fin hemos perdido, pero ese será nuestro truco. Frente al oxímoron de nuestro amor no podrán hacer nada. Se pierden en la marea de sinsentidos. Las palabras no dicen nada. Podremos escribir lo que sea y aún así ahí no estaremos, justamente porque sólo ahí podríamos estar. No podrán escuchar nuestro pensamiento. Casi lo harán. Quizá incluso escuchen más, pero no lo que nosotros callemos para nosotros mismos en pro de nuestro amor. Eso es el amor. Si no es eso no puede ser ninguna otra cosa. Sólo así podrá ser definido el amor en adelante. Salvémonos no salvándonos. Entremos al infierno. No te preocupes. No estaremos solos mientras haya este acuerdo. Sabremos que estamos juntos a pesar de no estarlo. Diremos lo mismo que se ha dicho sobre el amor desde hace mucho. Y parecerá un cliché obsoleto. Pero precisamente por eso es que lo lograremos. No sospecharán de que un amor pueda ser tan cliché, que pueda cumplir con todas las reglas del llamado “amor”. Ahí está nuestra treta. Sólo sígueme. ¿A dónde? Hacia ninguna parte. Hacia donde tú quieras. Ahí estaré de todas maneras.

Lo único que queda para nosotros es lo que no decimos, lo que no buscamos, lo que no tecleamos y a lo mejor ni pensamos. Ahí estamos nosotros. En ese espacio que ya no es ningún lugar, no es algo visible, no es algo material ni inmaterial. No es algo emocional ni sentimental. Todo eso ya está medido. Ellos han desarrollado todo tipo de tecnologías para perseguirnos. Pero justamente por eso vamos a usarlas para escapar y dejar caer en ellas todo lo que merecen. Vamos a dejar registro de todo menos de nosotros. Se encontrarán con todo excepto nuestra vida. Podrán saber qué hicimos, a dónde fuimos, con quién anduvimos. Serán peor que nuestros padres o nuestros amantes. Pero aún con eso no podrán ocupar su lugar. Eso es precisamente lo que quieren. Porque eso es lo que buscamos todos. Y nosotros somos parte de ellos.

Tomaremos la salida de San Simeón. Los gusanos (que son ellos) estarán comiendo nuestro cuerpo, serán dueños de él. ¡Coman malditos gusanos! Pero de todos modos no se quedarán con nosotros. Nosotros estaremos más allá. Sabremos que no hablamos con Dios porque precisamente Dios no puede hablar con nosotros. Lo único que nos queda es hablar entre nosotros, pero sin hablar. Ése es el asunto. Habrá que ser astutos. Estaremos ahí arriba de la torre para que todos nos vean. Nos alejaremos del mundo, pero sin ser desapercibidos. Entonces ellos creerán que de nuevo hemos caído, llamando la atención. Pero precisamente llamaremos la atención para ocultarnos. Cuando ellos vayan por nosotros con todas sus armas, entonces ya estaremos fuera. Nos habremos escapado entre ellos mismos. Nos habremos infiltrado entre sus cuerpos. Para eso eran gusanos. Si eso es lo que quieren, eso tendrán.

No es que nos vayamos a ninguna parte. Nos quedaremos aquí. No es que nuestra salida sea mejor que la de ellos. Sólo podemos decir que si ellos quieren nuestro cuerpo, eso tendrán. De cualquier forma, no sólo hay cuerpo, también pensamiento. Por eso Descartes llegó a decir que lo único que podía asegurar consistía en que él mismo era, al menos, un pensamiento. En realidad el proceso fue al revés. Primero se comportó y después ese comportamiento adquirió patrones que lo hicieron creer que éstos eran lo único confiable. Y estaba en lo cierto. Fuera de los patrones no hay nada confiable. Así es como llegó a escapar con el pensamiento. Pero a nosotros nos toca darle la vuelta, porque nosotros ya no queremos nada confiable. Seremos puro comportamiento. O más bien seremos un pensamiento que se comporta como cuerpo, un pensamiento que escapa a sus propios patrones. Eso es, un delirio. Sólo a través del delirio podemos inmiscuirnos en todo sin estar ahí. Tu delirio en algún momento se cruzará con el mío. Confiemos en eso. En eso es en lo único que a nosotros nos toca confiar. Si no lo hacen, si no se cruzan, si no se tocan, no te preocupes, de todas formas lo haremos.

Un pensamiento es un patrón de comportamiento que se queda grabado en una memoria. Para poder escapar a la captura del pensamiento tenemos que acudir al pensamiento de los pensamientos. Tomaremos entonces la salida de Hegel. Al final, todos los filósofos han tomado siempre la misma salida con diferentes nombres y lo sabemos. Pues bien, esa salida es la misma que nosotros tomaremos, si es que queremos seguir viviendo. ¡Y claro que queremos seguir viviendo! Pero llamaremos “vida” a una cosa diferente de lo que ellos identifican con ese nombre. Sólo así podremos escapar de ellos. Sólo yendo más allá de la vida biológica es como podemos librarnos. Ésa el la salida de Nietzsche. La vida como voluntad, voluntad de poder. Pero ya tampoco será la salida de Nietzsche, porque ellos también la habrán capturado. Entonces será la de Pseudo-Dionisio: más allá de lo sensible y de lo inteligible. No hay ningún poder, no hay ninguna voluntad ni ninguna libertad. ¡Tengan perros! ¡Tomen mi cuerpo, tomen mi ser, tomen mi alma, mi espíritu, mi dolor, mis pensamientos!, ¡de todas formas yo sé que no soy nada de eso! Tú y yo nos escaparemos.

Seremos románticos, ¡más románticos que los románticos! Seremos anarquistas, ¡tan anarquistas que ni siquiera anarquistas seremos! Seremos cristianos y capitalistas y muertos. Estaremos en todos lados y en ninguno. Nos abrazaremos al final del mundo, en el barranco, en el límite del delirio, entre la locura y la muerte. Y aún con eso seremos los más normales. Nadie se dará cuenta. Seguiremos los patrones y a los patrones. La normalidad será nuestro camuflaje. Con tal de estar juntos nunca nos hablaremos, pero tan nunca nos hablaremos que pueda que nos hablamos todos los días. Si es verdad esa frase de que “tú me vuelves loco”, entonces lo tomaremos en serio y no nos entenderemos uno al otro. Cada uno en su delirio. Lacan ya lo había dicho: “No hay relación sexual”, pero justamente justo porque no hay relación sexual, lo que sí hay es la posibilidad de que la haya. La relación sexual no es más que esa posibilidad. Si no fuera por la posibilidad que queda abierta en la negación entonces ya efectivamente no habría nada, ni siquiera la posibilidad misma de la negación. La negación es la posibilidad misma: teología negativa. No hay Dios, no hay amor, no hay vida, no hay música, no hay revolución. ¡Tengan! No tenemos problemas en decirlo, porque sabemos que no hemos dicho nada o que hemos dicho todo lo que podíamos decir y que aún con eso no hemos dicho nada. No temeremos, porque sabemos que no hay nada de que temer. ¿Qué es lo peor que nos podría pasar?, ¿morir? Ya estamos más allá de la vida biológica desde hace mucho.

Esta carta está incompleta, inconclusa. No está dirigida a nadie, ni a ti ni a nadie. No hay plenitud, no hay amor verdadero. Pero precisamente ahí es donde está la posibilidad de que lo haya. Y ahí es donde está. Nadie pierde. No hay dominación. No hay un amo ni un esclavo. Todo eso fue falso. Todos estamos arrojados para no otra cosa que poder encontrarnos en la nada. Ahí nos encontramos nosotros. Si había algo, nosotros lo destruimos, lo fundimos, lo corrompimos, lo deshicimos para poder llegar a la médula. Y la médula era nada, esa nada que nos separa y que nos une. Ahí te toco, me tocas. Nos rozamos y nos desviamos. No nos encontramos en realidad. Ya no estamos aquí. Apenas nos conocimos, ya nos fuimos. Siempre la falta. ¿Qué querían, que fuéramos felices para siempre? Pues la mejor forma de ser feliz es que no haya ningún “para siempre” y por lo tanto nunca seamos felices. No hay poesía. No hay nada oculto aquí. No hay engaño. Nunca hubo amor como tampoco hubo control. Por eso nos podemos extender al infinito por mor del amor. Ahí donde termina el amor, o mejor dicho, cuando acaba la creencia en que alguna vez hubo amor, entonces comenzaremos a amarnos.

*Escrita alrededor del 2014 y publicada originalmente en: https://mariomoralesph.wordpress.com/category/blog/
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