El espectáculo y la vigilancia, las dos caras de lo visible – comentario a Cállate y baila (Black Mirror)

Habría muchas formas de analizar este capítulo. Desde aquellas que se basan en el mejor o peor entretenimiento que nos generan, hasta otras que tendrían que ver con la forma de hacer cine, el lenguaje de la imagen-movimiento, la crítica del dispositivo audiovisual, etc. De entre todas estas formas yo voy a escoger sólo dos, la primera me va a llevar a la segunda y ambas tiene que ver con el contenido más que con la forma.

No creo que un análisis de la forma venga a aquí al caso, pues es muy evidente que este, como todos los capítulos de Black Mirror, mantiene un lenguaje narrativo bastante común al cine y entretenimiento comercial al que estamos acostumbrados y condicionados por la televisión desde que somos pequeños. Al no realizar una crítica en ese sentido, menos aún intentaré hacer una crítica al capítulo como parte de un dispositivo de narración normalizado que, aún con la pretensión de ser futurista o al menos visionario, se queda con las herramientas ya bien instauradas en los espectadores para contar una historia.

Quizá sería interesante, más en otros capítulos que en éste definitivamente, hacer un rastreo de la forma en que Black Mirror combina elementos de los distintos dispositivos tecnológicos de la actualidad con los de la televisión y el cine tradicionales para contar un relato. Aquí, lo máximo que podremos extraer en esa pesquisa sería el uso de la webcam, celulares, drones y memes. Al final de mi análisis volveremos un poco sobre este tema.

Una vez dicho todo esto, en primer lugar abordaré la historia del capítulo así sin más, sin poner en cuestión todo el dispositivo del que se valen para contárnosla. Es decir, nos pondremos en el punto de vista del espectador común que da por sentados todos estos factores que influyen en el hecho de que él pueda estar enfrente de una pantalla y recibir una cierta información que le hace sentido y que se relaciona perfectamente con el mundo en que ve afuera de ella, que incluso tiene que ver con su vida y lo toca de una manera en que no es consciente, pero le encanta.

Nos pondremos en el lugar del fanático, del que percibe la imagen como si fuera parte de sí mismo, como si fuera un lenguaje que pasa sin mediación y sin fisura alguna desde el entramado de tecnología y relaciones humanas que estuvieron detrás de esa pantalla hacia su cerebro y cuerpo entero sin premeditar ni temer las consecuencias de ello.

Empecemos entonces con una mirada somera sobre la historia que nos cuenta: la verdad no es una historia muy creíble, al menos en al sociedad en que vivimos nosotros mexicanos del 2017, clase bastante baja.

No sé si todos aquí tuvieron la misma percepción, pero por muchos momentos, la historia no tiene mucho sentido, de acuerdo con los valores que rigen nuestra cotidianidad. Si bien es verdad que de entrada es de miedo la posibilidad de acceder a todo tipo de contenidos en la internet y que, de por sí, este tema puede darnos bastante de qué hablar, sobre todo en cuanto a cuestiones éticas tanto del receptor como de quien produce estos contenidos y por qué motivos; creo que el contenido en específico al que el personaje principal accede quizá incluso se quedaría corto frente a tantos otros a los que pudo haber accedido.

Es evidente que el capítulo intenta tocar una parte voyerista de nosotros que todos tenemos y de la cual no podemos más que sentirnos culpables todo el tiempo. Apela a la doble vida que llevamos todos, a la hipocresía de esta sociedad donde aparentemente nadie de nosotros tiene perversiones de este tipo, cuando todos sabemos que en el fondo, accedamos a este tipo de contenidos en internet o no, no somos más que seres de deseo que todo el tiempo cargamos, de una u otra forma, una sexualidad a punto de emerger bajo cualquier pretexto. Precisamente el hecho de que nunca dejemos que suceda ayuda a una apelación como ésta a tocarnos esa parte y hacer que sintamos simpatía para con los personajes, todos ellos imbuidos en algún escándalo latente causado por sus impulsos más bajos.

Ese primer toque está dado, eso es verdad, va directo a nuestra perversión. Pero la historia no se sostiene demasiado, pues el recurso parece exagerado cuando lleva a los personajes a cometer actos aún peores en busca de que sus perversiones no salgan a la luz. En ese momento, la historia se cae, como dirían aquellos analistas de películas hollywoodenses. No parece posible y entonces el espectador podría dejar de sentirse atraído o tocado por ella. Robar un banco o matar a una persona es definitivamente peor que haber accedido a un contenido en internet y ser grabado mientras se lleva a cabo el acto masturbatorio, o contratar a una prostituta a la que nunca conociste. En ese momento, al contrario de envolverte en la historia, parece que el efecto es hacernos sentir más bien un calmante, pues a partir del momento en que asaltan un banco, uno ya no se siente implicado en la historia, incluso vemos a los personajes como gente totalmente ajena, demasiado desesperada por algo que no es tan grave.

Tras la pantalla, uno se refugia en el hecho de que a pesar de todo jamás hemos cometido actos semejantes. A pesar de que sabemos que estamos siendo vigilados todo el tiempo, sabemos que facebook, al igual que microsoft, y demás corporaciones, tienen toda la información que quieran sobre nosotros, conocen perfectamente todas nuestras búsquedas, nuestros gustos, nuestros placeres más mínimos, nuestras ocurrencias; saben dónde estamos ahora, muy probablemente hay alguien escuchando escuchando esta lectura en algún lugar a través de un satélite de largo alcance; a pesar de todo eso y de que en realidad nos sabemos tan culpables, o más, que los personajes de la historia, una vez que nuestros deseos quedan expuestos, al menos jamás hemos robado un banco ni matado a alguien.

Quizá podríamos acceder a aceptar todo lo otro, que somos unos seres sucios por dentro, que estamos tentados todo el tiempo por los placeres de la carne y muchos otros, que incluso en nuestra compra más cotidiana y de todo deseo de encajar en sociedad y más aún de sobresalir en ella, se esconde también un deseo de lo más bajo y perverso: el de la sexualidad. Ya no sólo los psicoanalistas, sino incluso los psicólogos conductistas más mecaniscistas dieron pruebas de que detrás de toda interacción humana está el deseo sexual. Llámesele inconsciente o reforzador primario, da lo mismo, el hecho es que gracias a estos terminajos ya no recae tanto sobre nosotros aceptar tales deseos. Pero aún con todo eso, no podemos aceptar que alguien cometa un robo o mate a otra persona porque éstos son delitos penados por la ley desde tiempos remotos, mientras que los delitos relacionados con los contenidos de internet aún están en disputa. Quizá podríamos escapara su condena legal. Y sin embargo, aquí emerge otro “quizá”. Pues tal vez a lo que no podríamos escapar sería a la condena social. He aquí, por fin el punto que nos puede llevar un poco más allá en la historia que nos narran. El juicio sobre lo sexual es un juicio social principalmente. Si no fuera por eso, la historia sería inverosímil totalmente.

Dejemos entonces que esta última perspectiva nos hable más directamente para darle un giro a la interpretación que llevábamos hasta ahora. Tomemos por un momento esta provocación como ciencia ficción pura que nos habla de una otra posibilidad de mundo donde lo que conocemos actualmente se encuentra sólo exagerado. Detengamos nuestro ímpetu por sentirnos perfectamente identificados o reflejados en los personajes del capítulo. Tomémoslo como un relato ficticio de entrada. Esto no sucede en este mundo. Sucede en un mundo parecido al nuestro, pero donde la sexualidad es aún más reprimida ¡¡Aún más!! Imaginemos que estos personajes en verdad no podrán vivir después de haber cometido estos actos, quizá ni siquiera se lo pueden perdonar a sí mismos. ¿Qué tipo de mundo sería aquél en el que una simple masturbación fuera tan penada y tan repudiada incluso por la persona que lo hace?, ¿no es demasiado? ¿Qué tipo de mundo es aquél en el que uno no puede ni siquiera imaginar escenas sexuales perversas en la comodidad de su propia mente? ¿Qué tipo de mundo es aquél donde se juzga tan drásticamente esto como para llevar a matar a alguien o dejar toda su vida normal atrás?

Pues bien, ahora que lo ponemos en este lenguaje tan exacerbado quizá no les suene tan ajeno este mundo que estoy describiendo, finalmente es muy parecido al nuestro. Quizá es ya el nuestro, quizá el nuestro es incluso más represivo y esta historia que nos contaron y que al principio nos parecía demasiado exagerada, en realidad se queda corta. Más allá de Freud, que en nuestro contexto podría verse casi como un defensor del orden burgués y el capitalismo individualista e hipócrita en que vivimos, quizá Herbert Marcuse o Wilhelm Reich habrían visto esto con más detenimiento para mostrarnos que en verdad la sociedad en que vivimos no sólo reprime la sexualidad, sino que al hacerlo también reprime todas las potencialidades del humano en general. Habría que regresar a la inocencia de las utopías del siglo XIX, principalmente un referente fuerte sería por supuesto Charles Fourier, para pensar una sociedad fuera de estas normas sociales tan desgastantes y que, sin embargo, ya no nos atrevemos a cuestionar.

¿Cómo sería una sociedad sin represión sexual? Eso es lo que quizá ahora no nos atrevemos ni a pensar. Muy probablemente pensemos que es incluso algo enfermo imaginarlo. Cuando menos nos dimos cuenta, nos volvimos unos defensores de nuestros carceleros, de nuestros verdugos. Porque es verdad también que estar vivo en estas condiciones es casi igual a estar muerto, aceptémoslo. Ya no sólo es la represión sexual generalizada a la que estamos sometidos, ni siquiera vale la pena mantener este orden cuando no hay una retribución al menos un poco tranquilizante como una calidad de vida mínima, condiciones básicas de alimento, techo y placer. Los mexicanos estamos acostumbrados a no tener asegurado ni el espacio mínimo de convivencia en el transporte público o la calle. No hay siquiera la seguridad de que cuando vayamos caminando por la calle alguien no nos vaya a salir con un arma para matarnos. Y sin embargo, seguimos vivos. Resistimos y nadie sabe por qué. Entonces, después de todo este viaje, volvemos sobre la reflexión acerca de lo que un capítulo como éste pude provocar en nosotros.

Black Mirror, al igual que cualquier otra serie de televisión, forma parte de todo este entramado social. Forma parte de a maquinaria que nos aplasta todos los días. Forma parte de esa gran industria de muerte y sufrimiento, de control, manipulación y humillación de pueblos enteros. No nos engañemos. Aunque muchas personas defienden la idea de que Black Mirror es una serie inteligente y crítica, lo cierto es que en un sentido general, ante una serie como ésta, quedamos igual de enajenados que ante cualquier otra. He aquí lo que hay que reflexionar. Porque además, todo indica que cuando vemos una serie como ésta pareciera que nos sentimos un poco más libres, un poco más conscientes o despiertos. ¿qué es lo que está pasando ahí?

Como si este mismo texto fuera un capítulo más de Black Mirror, pongámonos a pensar cómo es que la ciencia ficción moldea nuestras subjetividades, qué tipo de fuerza ejerce sobre nosotros, cuál es la fascinación ante ella, y si en todo caso sirve de algo o simplemente nos mantiene enajenados, sedados, dormidos. Las versiones más recientes de la teoría crítica dirían que todo es un engaño, que el capitalismo se lo ha tragado todo, que no hay salida, que a rebeldía no es sino una carnada más de la mercancía, que todo está perdido, que no queda otra que por venir que no sea el apocalipsis. Y sin embargo, esta lectura me parece a mí demasiado religiosa. ¿Apoco aún esperaban la salvación?

Curiosamente el último gesto que podemos ver en el capítulo es el que da el golpe final no sólo a la trama, sino también a toda idea de salvación o resolución de conflictos. Por un lado, el hecho de que todo eso que sucede en la historia sea obra de un troll tranquiliza, pues nos lleva a la conclusión apresurada de que, como ya lo habíamos escuchado muchas veces, todo vale para un carajo. No hay nada en que creer en la actualidad y todos estamos igual de perdidos. Tranquiliza también porque nos hace pensar que eso sólo pudo ser obra de un loco, no alguien normal, que eso no nos va a pasar a nosotros porque sabemos detectar a los locos. Pero por otro lado, en realidad sólo nos habla de la condición en que estamos todos, presas de que tras un gesto como éste, toda nuestra vida se venga abajo.

¿Cuántas veces hemos visto cómo a partir de un video en internet, o alguna otra forma de exponerlo, la vida pública de una persona se ve prácticamente acabada? Lo vemos diariamente. Por un lado pensamos que eso está muy lejos de nosotros, pero por otro sabemos que nos puede suceder a nosotros en cualquier momento. Todos los que están a nuestro alrededor de pronto se pueden volver guardianes del buen orden y grabarnos en un momento bochornoso, pecaminoso, pernicioso o simplemente ridículo. Aquellos quienes tienen la valentía de grabar y evidenciar ante las redes sociales a los infractores del orden son recompensados con el reconocimiento, mientras que aquellos que son exhibidos por esta policía ciudadana que está en todos lados, pueden llegar a perder todo respeto social, podrían quizá perder su familia y amigos, pareja, contrato de trabajo, etc.¿Cuál es la diferencia entre ese supercívico que defiende la ley y el orden y un simple troll? Quizá ninguna. Ese troll en realidad somos todos nosotros, pero también somos su víctima. Entre quejarnos de ser vigilados y pedir ser vigilados no sabemos cuál elegir. Ya no digamos ser vigilados, en pro de nuestra seguridad, sino incluso ser expuestos, ser exhibidos, ser parte del espectáculo ¡qué padre! El espectáculo y la vigilancia, las dos caras de lo visible.

Ese trollface con que termina la historia, como se puede ver, no es nada menor, no es algo que podamos menospreciar o darle poca importancia. Ese trollface representa nuestra socialidad hoy en día. Es nuestra cara visible ante todos, pero también es una simple careta, un trolleo, una hipocresía más de entre tantas sobre las que se levanta esta sociedad. Y al mismo tiempo, es su reverso. Quizá en medio de toda la crítica que podríamos hacer a la serie de Black Mirror como algo que forma parte de la sociedad del espectáculo-control-simulación-industria cultural-biopolítica-etc-etc-etc, algo se filtra; algo que tal vez y sólo tal vez nos puede hacer pensar o imaginar un mundo distinto. En ese trollface también está la posibilidad de que con un sólo gesto, un sólo viraje a la versión normalizada del mundo, todo se venga abajo. eso es lo que rescataría de este capítulo. Gracias.

 

*Este texto fue realizado y presentado originalmente como parte de las “Terceras Jornadas: Lecturas de la Cultura Pop. Psicología, Filosofía y Psicoanálisis”, en la FES-Iztacala, UNAM, en el año 2017.

Categorías Black Mirror, Filias, Notas

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