Más allá de “izquierda” y “derecha” en el 1 de diciembre

Es verdad que Andrés Manuel López Obrador ha recorrido todo el país (visitando cada municipio aunque no cada pueblo). También es cierto que en su discurso de toma de poder logró hacer una radiografía, si no perfecta al menos sí precisa y atenta desde su propia lectura, rastreando el principio de nuestra condición actual de decadencia como nación desde los inicios de las políticas neoliberales. Este valiente acto cometido en el lugar y momento indicado, en la cara de sus adversarios, sin duda le ha dado aún más credibilidad y confianza por parte de quienes apreciamos el suceso por cualquier medio. Y de pronto todo pareció que empezaba a transformarse hacia el futuro. Sin embargo, frente a ese discurso triunfalista y esperanzador, nos aventuraremos aquí a hacer algunas disertaciones críticas. Es decir, expondremos al público una serie de cuestionamientos que, a riesgo de fallar, creemos que son necesarias para no dejarse llevar por la corriente de cambio que, por otro lado, podría no sólo ser un engaño sino incluso una suerte de aceleracionismo inconsciente. Antes de comenzar queremos dejar claro que si bien es verdad que no queremos sumarnos a la cuarta transformación, al menos no sin una severa crítica, tampoco se trata aquí de una defensa de la derecha como la del artículo “Yo no: corre la voz“, escrito por un imbécil que, por su discurso, parece que no ha vivido en México los últimos 30 años. Vayamos más allá de esta oposición superflua de “izquierda” y “derecha” representativas para ver lo que el discurso de AMLO del 1o de diciembre tiene que decirnos desde otros lugares.

Para empezar, aceptemos que hay un discurso expreso que nos resulta atractivo. Admitamos que es verdad que algunas de sus promesas de beneficios sociales nos llenan de ilusiones, sobre todo lo referente a la seguridad, la salud, la educación y el bienestar de los mexicanos más longevos. Sin embargo, lo peligroso de este discurso no es solamente que se vuelva casi imposible cumplirlo sin dejar a México en una crisis económica de varias generaciones. Más allá de que es muy probable que materialmente sea imposible llevarlo a cabo, simbólicamente también tiene sus consecuencias. Bajo una escucha atenta y sin autocomplacencias, ya no desde la tan llamada “izquierda”, sino desde la búsqueda de alternativas a nuestro sistema actual, AMLO no sólo no representa ninguna transformación, es además un arribista que en sus buenas intenciones deja totalmente desarmada la lucha por una alternativa. Se coloca él mismo como el representante de cualquier intento de disidencia y así, de repente, habla ya no sólo por los pobres, se atreve a pronunciarse por los jóvenes, los indígenas y hasta los delincuentes. Ante esto parece que no hay forma de estar en su contra y que cualquier intento de crítica no es sino una necedad o estorbo para su “cuarta transformación”. Si se lleva este argumento al extremo, parece que deja sentadas perfectamente las bases para un gobierno totalitario en donde cualquier disidencia es castigada por no servir a la causa. Ante un discurso como éste, podría parecer incluso que si no participas del cambio propuesto por mera distracción o flojera no eres sino un obstáculo que debes ser eliminado. 

En el discurso oficial AMLO no es autoritario, sino incluyente y plural. Llama así a la integridad nacional y a la comunidad, intentando hacer lo que se supone debe hacer un gobierno: representar a su país. Y en última instancia, si entendemos por “disidencia” robar al erario público, discriminar o violar la ley, entonces sí atenta contra la disidencia. Sin embargo, no hablamos aquí de este nivel de representación autorizada, sino de otro tipo de efectos no calculados. Si bien aún no habló de aniquilar la diferencia jamás, están todos los elementos para que si no lo hace él, lo haga su sucesor de la supuesta izquierdaEl problema de su discurso no son sus declaradas buenas intenciones, sino que creyendo que conoce las razones por las cuales alguien decide luchar contra el sistema, se olvida que la oposición no es simplemente un reclamo que pide adaptación. Se olvida que fuera de la democracia hay muchas más opciones. Es decir, más allá de la aparente socialdemocracia lopezobradorista aún queda el marxismo revolucionario, el zapatismo y las infinitas formas de entender el anarquismo, entre muchas otras existentes y que están por inventarse. Todo eso no estuvo en su discurso y probablemente no podría haber estado. Pero eso no quiere decir que vaya a dejar de haberlo. Pero quizá sería mejor aceptarlo que lanzar sólo un paliativo para intentar disimularlo.

Desde este punto de vista, creer que se pueden cambiar las cosas sólo desde arriba, desde la democracia y desde el poder, es una fantasíaLa tentativa de reformar moralmente las cosas primero desde arriba, para que luego ya nos toque a nosotros hacerlo, convierte a AMLO en el patrón “buena onda” (que el filósofo contemporáneo Slavoj Žižek ha descrito muy bien)el cual es aún más represor pues además de obligarte a obedecer órdenes, te exige bajo la moralidad que lo hagas de buena gana. Comprendamos que nuestros dominantes nacieron en un contexto donde muchas cosas estaban al alcance de la mano gracias al extractivismo global que va mucho más allá de lo que cualquiera de ellos puede imaginar. Por lo tanto, sería insulso pedirles que todos y cada uno de ellos se vuelvan mártires de la causa renunciando a su posición de clase. Y en todo caso, si algunos de ellos lo llega a hacer, se agradece pero eso no hace ninguna diferencia a niveles globalesLo preocupante no es sólo lo que AMLO puede llegar a hacer en su afán por pasar a la historia, sino, repito, más aún lo que puede pasar después de su sexenio. Es decir, si AMLO falla en sus estrategias y la economía se va para abajo, entonces la derecha regresará indudablemente en 6 años sin ninguna compasión. Pero aún concediendo que no fuera así y que este gobierno consiguiera redistribuir la riqueza de una manera más equitativa y reducir la corrupción, dando como resultado una mejora económica general, como pretende, el peligro es todavía lo que venga después: una venganza de parte de la clase empresarial dominante que comenzará a perder cuando menos posibles esclavos para el futuro. Sabemos que EU teme a cualquier política con tendencias sociales y no va a dejar pasar esto sin aliarse con los millonarios mexicanos para impedir el esparcimiento de este tipo de pensamiento. Se corre el riesgo de un golpe de Estado. Y por si fuera poco, el peligro no sólo viene de ahí, sino también de lo que hoy llamamos izquierda. Suponiendo que el capital no venciera durante el gobierno de AMLO, aquello que quedaría nombrado bajo el membrete de “izquierda” no tendría otra opción, al cabo de varios años, más que de recurrir a tácticas de guerra contra sus opositores a fin de mantenerse con vida (tal es lo que prepara ya AMLO con su Guardia nacional).

El riesgo que señalamos aquí es el de un aceleracionismo involuntario que llevaría al colapso en la administración de nuestro territorio en menos tiempo de lo que seríamos capaces de premeditar. Se trata de un futuro en el que una vez puesto el escenario por parte de la derecha, la izquierda solo puede servir como aliciente. Algún interlocutor amlover podría venir a decirnos que no especulemos todavía sobre el uso de las armas, sino que esperemos a ver cómo reaccionan frente a alguna coyuntura social o estallido. De igual manera, insistiría en que no digamos que es imposible cambiar, pues que sea difícil no la hace una lucha vencida. Y diría que AMLO es moderado porque no quiere llevarnos a una crisis humanitaria como Venezuela, en donde enfrentarte directamente con el capital y EUA te provocan un bloqueo económico, lo cual no puede resultar sino apocalípticoDe esta manera, se refugiaría en el disfrute de la victoria en los pequeños triunfos, apelando a que las votaciones del primero de julio demostraron que la consciencia participativa de México es cada vez mayor, en parte por su historia de lucha. Entendiéndolo así, nuestro gran reto sería más bien decidir conscientemente que también queremos ser partícipes de la nueva redistribución de la pobreza y actuar en consecuencia, preguntándonos cuál es el primer paso que daremos hacia la 4ta transformación. Y finalmente, si es verdad que hay un peligro dentro de 6 años, eso debe ser atacado desde un trabajo sostenido desde la educación. Pero aún con esta última defensa por parte del discurso esperanzador, insistiríamos en ir más allá de éste, haciendo un llamado a imaginarlo todo desde su raíz. No desde la educación, sino desde la imaginación, puesto que recordemos que la educación es en primer lugar represión y en última instancia capacitación para servir al sistema. Así, hace falta no tanto meter freno al aceleracionismo de la cuarta, sino más bien bajarnos del carro de la transformación, para, desde afuera, ser capaces de proyectar y estar preparados para sus atropellos, sus accidentes y su choque final o caída al barranco. Lo que decimos es que AMLO no es ninguna solución, no sólo por moderado, sino porque de acuerdo a la forma en que está constituida la cultura democrática, ahora global, no nada más era endeble desde el principio sino que hoy está en decadenciaEn otras palabras, lo que está en crisis es esa estructura del poder soberano y sus dispositivos para una supuesta participación ciudadana. 

La 4ta transformación es un mito, así como las supuestas tres anteriores. La vida se transforma todos los días y el sistema de un gobierno democrático en sí es un mito y no tiene nada que ver con nosotros. Es verdad que ante las imágenes impuestas, de apariciones y desapariciones forzadas, el miedo puede llevarnos fácilmente a engancharnos con cualquier indicio de esperanza. Pero recordemos que tanto el miedo como la esperanza no son sino afectos tristes que llevan a la pasividad más que a la actividad (siguiendo un poco al filósofo Baruch Spinoza). No nos dejemos. No queda más que inventar e infiltrar otra política. Sin miedo y sin esperanza. Es probable que el agotamiento del sistema actual del que hablamos aquí sea mera futurología, y que en todo caso siempre habría nuevas posibilidades a partir de ello. Pero más que apelar aquí a ese tipo de escenarios utópicos o distópicos, presentimos e invocamos otras fuerzas desde la pluralidad y la diversidad, recordando que el deseo no tiene ley, que la sublevación no puede ser mandada, sino que es espontánea y sin norma.

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