GENIOS

He conocido muchas personas inteligentes en la vida –más que inteligentes, geniales–, sin embargo, muchas de ellas no gozan ni han gozado y muy probablemente ni gozarán de reconocimiento o fama alguna, ¡vamos! ni si quiera un buen sueldo por lo que hacen. En cambio, he conocido también, aunque más distantemente, a personas que gozan de algunas o todas las cosas que mencioné antes y sin embargo no tienen nada que ofrecer cuando charlas con ellos por unos minutos. A mi vista siempre he creído que son unos farsantes. Suelo congeniar mucho más con los primeros, pero siempre hay un sentimiento de impotencia a su alrededor, debido a que cualquiera que sea su arte o actividad creativa a la que se dedican está destinada al olvido. Ellos lo saben, yo lo sé. Todos lo sabemos. Y no por eso dejan de tener esa potencia vital que los hace seguir creando y dando cosas al mundo: los genios son los más vivos, los que mejor escuchan el latir de la realidad. Algunos de ellos escriben, otros hacen cualquier forma de arte plástico, sonoro o escénico; otros simplemente piensan o llevan una vida singular. Algunos se especializan en la provocación momentánea, el sarcasmo, la sátira o el humor negro, pero también pueden aparecer como seres de luz, transparentes, confiables, amantes extremos de la vida; o pueden sencillamente estar más allá de todo, haciéndonos experimentar el desprendimiento de aquello que nos ata a este mundo, qué sé yo. Estos personajes son aquellos que me hacen de pronto darme cuenta de que la vida es algo que va mucho más allá de lo que el común de la gente cree que es. Las diferentes operaciones de estos genios, que nos permiten pensarlos como tales, quizá las enliste en otra ocasión.

Por lo mientras, hay que saber que toda la cultura, cuando uno se topa con este tipo de sujetos, se pone en suspenso. Nace la contracultura: de pronto toda la historia del arte, la literatura y la filosofía se antoja como una sarta de falsedades, simulaciones, estupideces incluso. No sucede esto solamente por el peso que adquiere el aquí y ahora cuando estamos frente a la creatividad humana en plena acción, sino principalmente por la primera cuestión que esbozábamos en este texto: la falta de reconocimiento que caracteriza a los verdaderos genios. Así, repito, de repente al voltear hacia aquella herencia que contamos por parte del pasado, todo parece no más que una gran estafa, un legado que fue construido con base en mera hipocresía, es decir, que toda la cultura fue lograda más por los favores y arreglos interpersonales que por la creatividad genuina. Pero ¿qué es la verdadera creatividad, la verdadera genialidad? No lo sé, pero al menos puedo decir que es muy probable que no la podamos encontrar en los relatos autorizados; seguramente todos esos supuestos grandes genios que hoy forman parte de la historia no sean sino los que en otra época eran igual de sosos que los impostores actuales, quienes tienen mas fama porque saben ser embusteros profesionales que por su obra.

Hay al menos dos hipótesis que pueden salvarme de esta melancolía extrema: Una es pensar que no siempre ha sido así y no en todos los lugares. Ha habido quizá momentos en la historia en los cuales se dan las condiciones para que los genios sean realmente reconocidos. La opción alternativa es pensar en una posible contrahistoria de la humanidad y darnos cuenta de que la genialidad consiste tal vez en eso: saber pasar desapercibido. La infrahistoria de la creatividad humana: aquella que se encuentra bajo los escombros de las historias oficiales. ¿Será acaso la vértebra que mantiene nuestra posibilidad de pensar algo con valor creativo, más allá de su valor de intercambio -hoy medido mayoritariamente en términos comerciales-? Habría que pensar yendo mucho más allá de las figuras establecidas como puntos de referencia para ver un magma más denso que ha sido hasta ahora ocultado. Por ejemplo, es seguro que Nietzsche no era el único que pensaba así en su tiempo. De hecho, muchas de las cosas que dice son bastante obvias. Sin embargo, hacen falta una gran cantidad de factores para que una celebridad como ésta emerja en la historia. Quizá fue el único que tuvo el tiempo y la educación suficiente para expresar esas ideas en ese momento, pero eso no quiere decir que debamos guardarle alguna especie de culto. Nietzsche, el personaje, sirvió a un impulso mucho más amplio que aquello un solo humano puede soportar. Si no nos hacemos cargo del pensamiento que atravesó a Nietzsche nosotros mismos, entonces estamos destinados a seguir creyendo en los genios de la forma en que hasta ahora se hace: elevándolos como efigies separadas de nuestra vida actual. ¡No! Si acaso nosotros somos esos genios.

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