La calle ha hablado: Sobre el pastelazo a Avelina Lésper

El pasado domingo 5 de agosto, la crítica de arte Avelina Lésper sufrió un ataque al estilo Krusty de los Simpson, o bien el legendario grupo de pranksters autodenominado Biotic Baking Brigade. En este texto abordaremos muy brevemente algunos de los puntos imbricados en este acontecimiento quizá no relevante, pero al menos sí visible y llamativo en lo concerniente a aquello que se identifica como Arte en México.

Como primer punto y para no dejar pasar este acontecimiento sin crítica, hay que señalar que se trató de un acto de violencia que conlleva un asunto de género implícito e inexcusable. No importa si le dolió mucho o poco el golpe, se trata de un quebrantamiento de su persona. Aunque no se trate de un ataque de motivación sexista en su base, no hay que dejar de hacerlo visible. Avelina Lésper, más allá de la figura mediática que se ha creado para llamar la atención, es también un cuerpo atravesado por las injusticias de un sistema patriarcal del que todos formamos parte y que a todos nos afecta, sobre todo en este país. Por esto, antes de entrar de lleno con cualquier crítica u opinión sobre el acontecimiento, es importante situarlo en este contexto mucho más amplio que, hemos de admitir, en este momento nos rebasa y, sin embargo, compromete nuestro porvenir con ello. Aún así, vale la pena dedicar un tiempo y unas palabras a este peculiar suceso, principalmente por todos los factores que se ven involucrados en él.

El pastelazo a Avelina, para empezar, no es sólo un acto de vandalismo sin objeto definido. No es tampoco únicamente una manifestación de furia desbocada hacia una figura de autoridad con el objetivo de destronarla. Es eso, sí, pero también puede ser visto como una expresión artística en sí misma; un gesto dadá; un happening; una instantánea de nuestro presente. Es más, podría verse como parte de la historia misma de la política moderna. Los pasteles, como bien se sabe, se han usado ya muchas veces para ridiculizar a personas de poder. Avelina es una figura visible por su discurso idealista y moderno sobre el arte apoyado por el diario Milenio, pero en realidad, muchos más personajes merecen un pastelazo como tal. Quizá todos aquellos que se crean dueños del discurso del arte o se valgan de éste para entrar en mercados globales, ser financiados por empresas internacionales, generar ganancias a partir de trabajos temporales y flexibles gracias a dinámicas de cúpulas y circuitos cerrados muy convenientes para el lavado de dinero y otros fraudes de gran escala. Avelina, por desgracia, tal vez sólo fue el chivo expiatorio de una desigualdad ecónomica, social y educativa que hay respecto del mundo del arte en nuestro país. Fue la infortunada víctima de una gran incomprensión del sentido del arte, de la cual participamos todos, no sólo Avelina y demás actores del campo institucional del arte, sino los grafiteros callejeros y otros artistas no reconocidos, el público y la sociedad local y global en general, incluyendo, por supuesto, a quien escribe este texto.

En ese sentido, además de la condena obligada al evidente acto de agresión física, hay algo en otro nivel que bien nos puede animar incluso a celebrar este gran gesto anónimo que ilumina la otra violencia simbólica ejercida por la propia Avelina y demás instituciones que creen que pueden apropiarse fácilmente de la etiqueta de “arte”, reivindicando así otras caras de la historia, otros modos de pensar y ver el arte. Y es que una cosa es jugar a la crítica de arte desde la Academia y otra es enfrentarse a la situación del arte público y contextual desde la precariedad, el abandono y la calle. Lo que proponen actos como éste nos recuerda que en cierto estrato el arte es de quien lo trabaja y cada quien lo hace desde donde puede y como puede. Digámoslo entonces de manera clara: como todos los productos de la cultura, eso que llamamos arte es siempre relacional, está sujeto a una dinámica de fuerzas de todo tipo que no dependen de una persona ni de una sola institución, que van más allá de los museos, los críticos, las galerías, las revistas, los artistas profesionales, los estudiantes, etc. En ese sentido, es cierto que Avelina hace críticas importantes que alguien tenía que hacer, sobre todo denunciando a las “mafias en el poder” del arte. Pero afortunadamente el arte contemporáneo no se agota ahí. Hay infinidad de capas y entramados complejos entre ellas, donde ni Avelina ni el pastelazo tienen la última palabra.

En este caso, sólo con fines analíticos, dividiremos la contienda entre dos partes: Avelina y “la calle”. Nuestro primer actor, es decir, aquella autoproclamada crítica de arte, vista desde la calle no representa otra cosa que los juicios y peritajes a los que el arte se ve sujeto desde las diversas instancias de lo que podríamos identificar como “institución del arte”. En ésta última entra toda agencia mercantil o estatal que se adjudica la etiqueta como parte de su quehacer cotidiano que le da sustento y movimiento, sea en el grado que sea. En este nivel, para entender el arte es recomendable, y a veces necesario, educarnos para apreciarlo y defenderlo, o simplemente conceder un mínimo de aprobación a lo que se hace llamar arte y limitarse a contemplarlo. Desde esta perspectiva, el arte es complejo y requiere una aproximación especializada. Hacer crítica desde este punto de vista implica someter los productos artísticos y todo su mundo (instituciones, historiadores, compradores) a análisis reflexivos, que den cuenta de sus procesos de transformación. Sin embargo, el papel que cumple Avelina en este escenario es también muy particular. Ella entra ahí exponiéndolo todo como parte de un gran circo donde ella además juega el rol del payaso (tramp augusto) pobre, amargado y triste; aquél que no tuvo un lugar en el reparto principal y sólo sirve de patiño imprescindible pero menor. Es decir, ni siquiera se sitúa en ese campo con dignidad, sino que se vale de él para robustecer su curriculum ridículum.

No estaría tan mal la actuación de Avelina si todo esto fuera sólo parte de un gran performance, pero al parecer no es así. Avelina en ese cuadro ha sembrado un discurso de odio descalificando todo aquello que no comprende ni quiere comprender. Hoy es el grafiti; ayer fueron el video, la instalación y los performances; mañana será otra cosa. En el episodio del pastelazo Avelina no hizo más que revivir exactamente lo que siempre suele hacer: un show con maromas y escándalo. Avelina no sería más que un chiste si no tuviera los medios de difusión que tiene, ya que ha capitalizado el discurso “hate” contra el arte contemporáneo desde sus supuestos rancios y clasistas. Se empeña, a toda costa, como uno de los policías más letales, a defender la hegemonía de su propia definición del arte y lo que designa. Es víctima de la ideología más perversa de la Historia del Arte (la que se supone universal, intelectual, autointuitiva, inmediada, autónoma, etc.) ¡Y NO SE DA CUENTA! Su presunta crítica no le alcanza ni para minar sus propios prejuicios, lo cual sería lo más básico de cualquier crítica. Este comportamiento del querer llamar la atención de esta forma en un medio hostil como lo es la institución del arte, muy seguramente surge como mero efecto secundario que, sin embargo, logra su cometido cuando en lugar de ser simplemente ignorado se convierte en una de las pocas atracciones con una función bien definida. Su juego es fácil y embaucador a la vez. Consiste en una provocación absurda, salida de contexto y necia, que, no obstante, entre más te empeñes en socavarla, la misma fuerza de terquedad en que está plantada le hace adquirir cada vez más notoriedad.

Aún con todo, aberraciones como las de Avelina pueden servirnos como lección en varios sentidos. El más básico iría en dirección a una enseñanza en sentido negativo: no ser como ella. Es verdad que todos tenemos derecho a la ignorancia, pero pasar por alto las advertencias y luchar para tratar de imponerse y convertirse en un referente tóxico de aquellos que pretenden saber qué es y qué no es arte, tarde o temprano se paga. Pero habría una lección mucho más profunda a ser analizada: lo que exhibe primordialmente Avelina es un vacío en el corazón de la institución artística; un hueco que no puede ser llenado de ninguna manera. Muestra la ironía que constituye una noción tan elaborada y al mismo tiempo tan desgastada como la del arte en la cultura occidental.

En esta ocasión, la querella se dio con el grafiti, una manifestación artística con evidentes valores a muchos niveles, no sólo estéticos, sino también políticos, históricos, sociales, etc. Y fue justamente en la calle saliendo del Museo de la Ciudad de México donde tuvo que rendir cuentas. Avelina, sin embargo, parece estar muy lejos todavía de ser frenada en su estrepitosa carrera de merolico gruñón. Y en este contexto, un pastelazo propinado por uno de los asistentes a un debate acerca de si el grafiti es arte o no, es algo que puede terminar dándole más visibilidad. Dedicarle unas líneas como éstas incluso podría contribuir a ello, pero más que intentar robar o colgarse de su popularidad para contar con todos sus canales de difusión que tanto podrían muchos envidiarle, más bien valdría la pena mostrar la otra cara de la disputa. ¿Qué esperaba Avelina al hablar sobre Grafiti? ¡Estás hablando de la calle! ¡Te aguantas a lo que venga con ello! Bajo esta perspectiva, si haz alcanzado la fama de Avelina, por los medios que sean, no te sorprenda que de pronto te llegue un pastelazo en la cara, incluso para esas alturas deberías agradecerlo pues te da más reconocimiento. Si te vas a meter en el mundo del arte a esos niveles, asume las consecuencias que traiga eso consigo. Ésta es la gran aporía a la que se enfrenta todo aquél que intente arrancarle un coqueteo a eso que llamamos arte. En ese sentido, el problema de Avelina no es que no sepa de arte, como si hubiera un “saber” sobre el arte. El problema es justamente que cree que hay un saber sobre el arte. El arte, desde este otro lado, no le pide permiso a nadie para emerger ni tiene por qué hacerlo, no tiene por qué seguir criterios de nada ni de nadie. La crítica de arte entonces se erige también como una fuerza que no se separa de las dinámicas de la emergencia del arte y, por lo tanto, se sujeta a ellas. En conclusión, a pesar de todo, aceptemos que el acontecimiento del pastelazo es un ejemplo de que hay cada vez más debate, propuestas y crítica del arte y desde el arte, no sólo en los espacios destinados oficialmente para ello, y esta vez sólo podemos decir: ¡la calle ha hablado!

3 comentarios en “La calle ha hablado: Sobre el pastelazo a Avelina Lésper

  1. Buena Reflexión. ¿Qué esperaba Avelina al hablar sobre Grafiti? es justamente la pregunta que me parece fundamental. La modificaría un poco y preguntaría ¿Qué esperaba al convocar a un debate de ese tipo? ¿Con qué propósito? Y justamente creo que la posible respuesta es la parte perversa. Lo hizo para regañarlos, para decirles qué hacer, para exponerlos, para protagonizarse o ¿para qué?

    Lo del pastel no lo llamaría un acto de vandalismo, fue un argumento lanzado desde otro ring de debate, no el de Avelina (el museo, frente a la prensa) sino el de ellos (la calle). De pronto me pareció a mí como si la situación gritara ¿Ven como es injusto? Porque el ring (o el debate) sólo se usa para ganar brutalmente, violentamente y el lugar donde se encuentra representa ventajas. El ring no es un espacio de encuentro y diálogo, de reflexión; es un espacio para ganar y en este caso no se está luchando por nada más que por sostener una vanidosa erudición; banalidades blancas, fantoches, que se dicen mirar las necesidades sociales (les preguntó Avelina, qué aportan, qué denuncian frente a la realidad) pero no soportan mirarlas, no están dispuestos a despojarse de sus propias concepciones y ver lo que les aparece al frente! No desean una lucha justa sino que ambicionan con detestable ansiedad ganar, vencer, conquistar.

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    1. Muchas gracias por tu comentario y sobre todo por haber leído con atención el texto. 🙂

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  2. Muy mal artículo: Da a entender que es razonable que cualquier anormal le tire una tarta a la cara a Avelina Lésper, por el mero hecho de que ella es famosa.

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