ARKANGEL o el miedo a nuestra violencia constitutiva

El capítulo se resume en una madre sobreprotectora con la vida de su hija, a la cual le censura todos aquellos estímulos que podrían perturbarla (“malas palabras”, sonidos estridentes, imágenes de violencia y sexo, etc.). La intención de esto es proteger a la niña del mundo exterior. El problema que plantea el episodio es que la niña no tiene una experiencia “real” con el mundo, lo que le produce un sesgo considerable que le impide discernir entre ciertos actos de violencia y sus consecuencias concretas. Ahora bien, habría que ampliar esta versión de la historia para dar cuenta de algo más allá de la madre que cuida demasiado a su hija y obtiene resultados contraindicados: el odio de su propia descendiente. Se trata de una sociedad entera que le da cabida a este tipo de concepciones de la realidad, misma que, por supuesto, conlleva consecuencias desastrosas a nivel global. Explicaremos a continuación:

Ya se ha dicho mucho que el concepto de “infancia” es algo relativamente reciente (la referencia principal es Philippe Ariès). Ver a los niños como seres desprotegidos, inocentes, inofensivos y puros en muchos sentidos, es algo que sólo una civilización ciega a sus propios instintos salvajes y primitivos puede conceder. Freud en sus Tres ensayos sobre teoría sexual, ya nos había dado una lección bastante atinada y visceral sobre la perversidad de los niños. Aún con eso, en general, nos negamos a verla y tendemos a depositar en los niños, sobre todo si se trata nuestros propios hijos, todos nuestros temores más profundos no sólo hacia la sociedad, sino hacia nuestras propias pulsiones secretas. Aunado esto al avance de la sociedad neoliberal con el modelo de la familia burguesa como antecedente, el niño se termina viendo como una propiedad privada viva frágil y a expensas de que nos la roben o le roben su condición de supuesta originalidad y virginidad.

El asunto central es el siguiente: ¿en qué medida la sobreprotección es igual de perjudicial que la exposición constante a la violencia? El problema que presenta la paranoia de la madre refleja la falta de conciencia, si se quiere, de que vivir es contextualizarse dentro de ciertos márgenes de violencias; graduales todos ellos, desde luego, y donde podríamos situar a la muerte como el horizonte más grave. Sería necesario recordar que el andar y construcción de la experiencia, de la vida que se conforma y configura a partir de la violencia que nos es constitutiva. La sobreprotección mata, no somos ni seremos sujetos abstraídos de toda perturbación porque somos seres vivos, y la vida es azar y contingencia. En ese sentido, habría que hacer una crítica a toda la tecnología, pues todas ellas, se podría decir, tienden a la sobreprotección, a la defensa. Se trata de la salvaguarda de un estado actual o de un ideal de la humanidad. Ahora bien, este ideal al que sirven las tecnologías actualmente se encuentra enclaustrado dentro de un estilo de vida, de un sueño o fantasía aburguesada.

Arkangel expresa el miedo contemporáneo a la violencia no solo contra los infantes, sino contra todos aquellos seres que tendemos a ver como desprotegidos o vulnerables: niños, animales, mujeres, indígenas, etc., dependiendo de cada contexto. Dicho miedo no es gratuito, responde a toda una serie de fenómenos criminales propios de nuestros tiempos, que no es que no hayan existido antes, sólo que ahora contamos con la posibilidad de visibilizarlos en estadísticas y todo tipo de registros. Es cierto que en México, por ejemplo, la tasa de feminicidios anual es alarmante, y mujeres cada vez más jóvenes e incluso infantes son también víctimas. Sin embargo, la exorbitante protección nos hace olvidar que la educación misma implica una violencia en forma de contención de nuestras pulsiones como ejercicio de represión. Y lo importante sería que, aun con eso, precisamente la potencia en la formación del individuo consiste en que, en un sentido existencial, la experiencia de la inconmensurabilidad del ser es también parte de ella. En México, por supuesto, no hemos llegado nunca a un grado de autosobreprotección muy elevado, pero es necesario advertir que ése ni es el único camino deseable. Aquí está el punto.

A nivel global, existe un miedo generalizado a enfrentar esta violencia estructural. Se ha convertido esto en un estándar de vida que todos anhelamos, donde estamos protegidos por la llamada “civilización” que, curiosamente, no tiene ninguna otra forma que el aspecto de una familia media norteamericana que tanto ha sido registrado y difundido por los diferentes medios y tecnologías. Todos de pronto aspiramos a una vida normalizada de seguridad y afectos positivos. Sin embargo, todos sabemos que eso es imposible para la mayoría. De hecho, no existe tal entorno seguro. En el capitulo se muestra perfectamente. Jamás se puede aislar completamente a un niño, persona o ser en general, del entorno que permite su propio desarrollo. El individuo se compone de maneras complejas donde, por supuesto, la violencia es parte fundamental de una u otra forma. Tarde o temprano, ésta se manifiesta. Y puede hacerlo de los modos menos esperados. Para la niña del episodio finalmente se expresa como una liberación de la madre, pero aclaremos, no siempre brota en forma de emancipación afortunada y, de cualquier manera, nadie garantiza que eso sea algo bueno. El destino de la chica del episodio queda abierto a la imaginación del espectador, es un misterio. Lo único que queda claro es que no será ya más alejada o separada de la violencia de la vida. La pregunta no sería cómo escapar a esa violencia, sino cómo aprender a vivir con ella, cómo administrarla incluso, o en su defecto, cómo aceptar su desencadenamiento cuando sea necesario.

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