EL TERROR DE SER NOSOTROS: OLIVIER DE SAGAZAN


Se han inventado tantos cuerpos a lo largo de la historia que olvidamos al que realmente existe: el que muere. Decía Michel Serres, jugando un poco con la filosofía cartesiana: Patior, ergo sum . Somos sufrimiento y después, sólo después, existencia. Al parecer no hemos entendido que nuestra superioridad con respecto al resto de las formas de vida es tan sólo en el sentido de la cantidad de dolor y destrucción que podemos ejercer. Nuestra descendencia divina tan sólo es ficcional y nunca debió de salir de la literatura antigua.

Hay quienes, por otro lado, se aprisionan a la pesadez del cuerpo, a su constante corrupción. Se aferran tanto que aquellos gestos y movimientos de la piel se convierten en su lienzo de trabajo: las bailarinas, por ejemplo.  Olivier, nuestro artista en cuestión, tomó la máxima de construirse a sí mismo como obra de arte muy enserio. De Sagazan es la antítesis más aguda del arte ideal griego, que estaba muy ocupado en olvidar la porosidad de su propia forma en aras de una frágil inmaterialidad imposible de ser.

Su lienzo siempre es el cuerpo, cubierto con agua, pintura, cabello falso. El cuerpo siempre, constante… toque de piedra de las transformaciones de su propia fuerza. No es casual, en este sentido, que para el artista  el rostro sea su garrotero, su trinchera principal. En él se muestran los gestos, las expresiones, los estados de ánimo, el carácter. Las expresiones que logra alcanzar De Sagazan con sus performances son impactantes por tenebrosas y obscuras: no hay demonio que escape a su representación.

Los terrores del alma adquieren relieve en sus mutaciones. En su performance L’effect de Robe, las barreras del género quedan abolidas pues juega con la idea del embarazo femenino y con el alumbramiento; recreaciones que alcanza con la bien lograda modificación de su cuerpo/imagen. Ghost in the mud, por el otro lado, muestra a su ser desnudo, envuelto en lodo y recrea una relación sincera y originaria con el mundo natural. Este juego con la naturaleza se refuerza en Sanctus Nemorensis: se trata de un artista que no teme dejar la seguridad del taller o el set de grabación.

Desesperación por todos lados, su escultura no deja de ser igual de temible. La exploración plástica del artista en búsqueda de las formas posibles de la transformación no cesa ni se detiene en su propio cuerpo. Su configuración artística se proyecta a diversas obras que son el resultado del sentido interno de cambio y de devenir propios del artista.

Su agitante corazón se objetiva en las esculturas con una angustiante sensación de movimiento, pues eso es el dolor. En este punto podríamos incluso preguntar si no se trata de una idealización negativa que busca explorar las aristas más oscuras de la existencia humana. De Sagazan momifica su cuerpo en vida, lo convierte en un mar de llantos y de suplicios. Si el infierno es plausible, se encarna en él mismo. Repito: no hay demonio que escape a su representación.

Tan antigua la Desesperación pintada por Giotto, tan actual la de De Sagazan.

 

De Segazan 1.gif
Categorías Arte, Muerte, Uncategorized

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