Las partículas del pensamiento son tan pequeñas que jamás van a ser observables ni medibles bajo ningún método. Viajan a través del aire y se introducen en los cerebros, pudiendo atravesar todas las capas que les separan del exterior, como cabello, piel o cráneo. Pero, por supuesto, es mucho más fácil que se introduzcan a través de los orificios cercanos a la masa cerebral, como son los oídos, fosas nasales, boca u ojos. … Eso no quiere decir que las partículas del pensamiento vivan u operen solamente en el cerebro. Todo el cuerpo tiene movimiento, de hecho, gracias a estas partículas. En otros momentos de la historia se les llegó a nombrar como “humores”, “aura”, o incluso se ha englobado el campo de acción que tienen sobre los cuerpos humanos como “alma”. Pero las partículas del pensamiento están en todos lados. Son las que animan a los animales, pero también a las plantas y otros seres. Todos ellos también piensan, tienen voluntad, buscan sus propios intereses, pueden estar alegres o deprimidas, etc. Las partículas del pensamiento están también en los minerales. Es lo que les da sus cualidades diferenciales de unos respecto a otros. Si no fuera por ellas, todo lo inanimado sería exactamente igual. Pero no es así.
Las partículas del pensamiento, decía, son tan pequeñas que se puede decir con toda certeza que no existen. No obstante, tan se puede decir que no existen como que, de hecho, lo son todo. De tal modo que ninguna de las dos afirmaciones serían incorrectas. Las partículas del pensamiento no existen porque más bien se están creando todo el tiempo. Aparecen y desaparecen. No son algo específico porque en cuanto creemos que son algo, éstas ya cambiaron, ya han dejado de ser lo que se pensaba de ellas. Se mueven a velocidades incalculables. Se puede decir que se mueven tan rápido que parecieran estáticas. Recorren el mundo y el universo en milésimas de segundos para regresar al lugar donde fueron originadas, y este recorrido lo realizan perpetuamente. Sólo así encuentran su lugar en cada ocasión.
En su permanente andar, las partículas del pensamiento nos atraviesan todo el tiempo. Y solo a veces logramos captarlas con ese pequeño órgano que le llamamos cerebro. Nosotrxs lxs humanos le vemos como un órgano privilegiado para captar y generar partículas del pensamiento, pero no es sino un aparato más, un músculo más, una cosa más en el universo que está hecho y dirigido por las partículas del pensamiento. Si lo vemos como un órgano excepcional es porque nuestro pensamiento es muy pobre y solemos enfocarlo más en describirnos a nosotrxs mismxs que en todo lo demás. Así, cuando decimos que los pensamientos se originan o vienen de nuestro cerebro, estamos solo proyectando nuestros deseos sobre todo lo existente, pues quisiéramos efectivamente conocer y tener el control sobre las partículas del pensamiento. Si bien es verdad que en la constitución del cuerpo humano el cerebro juega un papel primordial, eso no quiere decir en absoluto que las partículas del pensamiento sólo se encuentren y actúen ahí. Todos nuestros órganos piensan, tanto como todo lo demás que existe en el universo.
Las partículas del pensamiento no tienen ley: más bien son ellas las que determinan todas las leyes. La historia de la humanidad es la de cómo se ha querido controlar al pensamiento. Los grandes desastres y vicisitudes de la humanidad se deben a esos intentos por dominar al pensamiento. Y es que el problema con intentar controlar al pensamiento es que cuando menos te das cuenta, es el pensamiento el que te está controlando a ti. El pensamiento, entonces, tiene igualmente sus reversos, pues entre más se le obligue a ir por un camino en específico, éste también se rebela. El flujo del pensamiento es evidentemente mucho más caudaloso que la historia de la humanidad. Por ello, nuestra especie poco puede hacer por llevar al pensamiento hacia sus propios fines. Cuando se intenta hacer de esta manera, todo sale mal para nosotros. No tenemos otra opción que perder si queremos competir y triunfar sobre el pensamiento. Aún con eso, es siempre tentador el deseo por dirigir al pensamiento. Ésa es una de las fantasías humanas, es verdad, pero no todos los seres humanos luchan por lograrlo. Tampoco todos aspiran siquiera a ello. Nadie lo logra del todo, eso es cierto. Pero hay algunos acercamientos que pueden no resultar tan funestos. Éstos no anhelan tanto gobernar, sino acaso quizá a contemplarlo, sentirlo, captarlo. Esto último es mucho más difícil y a la vez mucho más frustrante una vez que se logra, pues intentar someter al pensamiento solo puede llevar a la autocondena, la represión forzada, la evasión de la realidad, la angustia.
En el intento por captar adecuadamente las partículas del pensamiento, se las ha querido no solamente identificar, también clasificar y poner reglas de comportamiento. En primer lugar, para dejar registro de cómo fuimos atravesadxs por el pensamiento, se inventó la escritura. Pero no es que el ser humano haya inventado la escritura, sino que, en todo caso, tendríamos que decir que fueron ciertas partículas del pensamiento las que atravesaron al ser humano para que éste comenzara a dejar rastros que les permitieran a las partículas del pensamiento conectarse entre sí, unas con otras, utilizando al ser humano como su medio de transporte, en primer lugar y luego a la escritura como medio de supervivencia. Así, las partículas del pensamiento lograron viajar en el tiempo, algo que para el ser humano es completamente imposible.
Pero algunos seres humanos aún caen en la trampa de creer que somos nosotrxs lxs inventorxs. Bajo este tipo de pretensiones para controlar al pensamiento se inventó la lógica, las matemáticas y las demás ciencias. Sin embargo, esa clase de pensamiento desarrollado a partir del cuerpo humano es muy pobre. Apenas sirve para la sobrevivencia de esta especie, y eso cuando nos va bien. En realidad la mayor parte de las veces sobrevivimos gracias a la operación de una gran cantidad de partículas del pensamiento que ni siquiera podemos captar ni concebir. Y solamente atribuimos lo que consideramos nuestros logros a una determinada porción de éstas. Pero, como decía antes, las partículas del pensamiento también se sublevan cuando se las quiere capturar o mantener a raya. Suelen quebrar los estándares, romper las normas, retar a quien ose aspirar a secuestrarlas y haga intentos por tiranizarlas. Les puede llevar a la demencia, pues, de hecho, la locura, no es sino solamente la liberación del pensamiento y su expresión en la forma más natural. Somos nosotrxs quienes hemos aprisionado el pensamiento con fines solamente de autosafisfacción y reducción de nuestra angustia ante la vida.
Las partículas del pensamiento siempre han estado ahí y lo saben todo, pero principalmente saben que no hay ningún saber. Por lo menos, no hay ningún saber que pueda diagnosticar o predeterminarlas por completo. Las partículas del pensamiento no pueden ser mensurables porque ellas son la misma medida que tendría que aplicáserles. La ciencia es el modo en que el ser humano se autoengaña creyendo que algo conoce, cuando son las partículas del pensamiento las que lo conducen todo. La ciencia solamente logra ver algunos patrones en el desplazamiento de las mismas y con eso se contenta. No obstante la ciencia nunca ha logrado aprehender ni comprender las partículas del pensamiento, pues la misma ciencia es en realidad sólo un efecto de las inconmensurables operaciones de éstas. Por ello es que la ciencia sigue y va a seguir haciendo descubrimientos, algunos de los cuales pueden contradecir a los anteriores o sencillamente sumar complejidad. Todo eso importa poco a las partículas del pensamiento, pues al ser invisibles, el método de la ciencia a través de evidencias resulta simplemente irrisorio. Se puede decir que las partículas del pensamiento escapan a la ciencia como se le escapó el éter a los científicos del siglo XIX. Aquello que alguna vez se llamó éter, en realidad, comprendía de manera más profunda el modo de vida de las partículas del pensamiento. Lo mismo pasa con la física cuántica y sus supuestos dilemas y avances que terminan solo confrontándose con su propio espejo. Pueden prosperar o fallar, pero sus interpretaciones son incapaces de salir de sus propios marcos de referencia, cuyos límites son cercados por las propias partículas del pensamiento que se han negado a integrar.
Las partículas del pensamiento viajan en el aire, como decíamos al principio, y entonces pueden hacernos creer una cosa en un momento y otra en el siguiente. Nuestro aparato perceptivo, que incluye al cerebro, es muy sensible a ellas y generalmente se deja llevar por sus influjos. Pero la ciencia y otros métodos humanos para ordenar el pensamiento se obstinan en muchas ocasiones por cerrarle las vías y llevarlo solamente a lo que el humano cree conveniente para sí. Por supuesto, éste nunca sabe lo que le conviene más allá de un cierto límite relativo a su sobrevivencia y placer. Por eso la ciencia es tan corta en su visión. No obstante, aún con todos los esfuerzos por disciplinar al pensamiento, éste termina saliéndose de sus lindes y nos lleva inexorablemente a eso que llamamos distracción. Por fortuna no hay manera de evitar que las partículas del pensamiento jueguen con nosotrxs y nos conduzcan a lugares insospechados todavía. A eso le llamamos imaginación.
Hay humanos que, en todo caso, al dejarse llevar por las partículas del pensamiento pueden tener acceso a ciertos movimientos súbitos de las mismas, cosa que al pensamiento científico le es imposible. Estas personas son lxs magxs, lxs profetas, adivinxs, o quienes se comunican telepáticamente. En saberes no científicos hay todavía mucho por aprender sobre las partículas del pensamiento. Lxs científicxs sociales y no sociales se sorprenden de que haya tanto orden, pero las partículas del pensamiento también se divierten e igualmente tienen sus momentos de caos, relajamiento o simple pereza. De ello nosotrxs no podemos saber nada y si acaso solo nos toca sufrir o disfrutar sus efectos, dependiendo el caso. La mejor manera de llevarla bien con las partículas del pensamiento para nosotrxs como seres inferiores es dejar de darle tanta importancia a eso que llamamos pensar y comenzar a entrar en armonía con ellas a través de eso que le llamamos sentir.
