EL rock n’ roll y la violencia necesaria para vivir*

El rock n’ roll es un género de música que desde el principio trajo consigo una carga juvenil y rebelde por sus vínculos con la música y expresiones de distintas clases marginadas en E.U. Según da cuenta Dan Graham en el famoso libro Rock My Religion, sería necesario remontarse a la emergencia de una serie de cultos, creencias y rituales híbridos en los primeros tiempos de las 13 colonias que ahora conocemos como Norteamérica. Entre ellos, se podrían encontrar ejemplos de sectas originales como los shakers, quienes seguían fanáticamente a Ann Lee, una mujer que decía encarnar la segunda llegada de Jesucristo en versión femenina. Los shakers, como lo retrata la etiqueta con la que se les conoció, solían realizar ritos y alabanzas donde además de cantar y gritar para honrar a su dios, entraban en trances psicóticos que los hacían temblar estrepitosamente y contorsionarse en el piso mientras rezaban. Algunos otros cultos mezclaban las creencias y rituales cristianos con los de los indios Sioux, conocidos no sólo por realizar la “danza del sol” al sonido de estruendosos tambores, sino también por ser temidos guerreros, haber adoptado rápidamente el caballo y las armas de fuego para pelear y también por arrancar la cabellera a sus enemigos. Pero al parecer, la mezcla más decisiva para el nacimiento del blues y posteriormente el rock n’ roll fue aquella resultante de los cánticos religiosos de los esclavos africanos transportados a norteamérica y las alabanzas puritanas cristianas provenientes de Inglaterra.

Fue extraña la forma en que los esclavos africanos retomaron las enseñanzas cristianas protestantes, pues, de acuerdo con éstas, el trabajo era lo único que podría purificar el alma. De esta manera, a los negros se les convenció de que ellos mismos eran impuros de nacimiento y, por lo tanto, era necesario pagar durante toda su vida el precio por ello a través de labores forzadas, de modo que entre más esfuerzo y sacrificio, mayor era el grado de veneración de su dios y mayor su posibilidad de salvación. De hecho, la etiqueta de rock n’ roll podría provenir directamente de esta práctica de golpear una y otra vez una piedra hasta partirla en pedazos. El esfuerzo realizado entre el choque con la roca y volver enrolar los brazos para reproducir el movimiento reiteradamente generaría al paso del tiempo esta expresión hablada para referirse al trabajo realizado mientras se canta y se alaba al creador. Más tarde, el rótulo de rock n’ roll quedaría unido en un doble sentido con la práctica sexual, ya no refiriendo a las operaciones esclavas, sino al movimiento de la cadera y la penetración repetida que se realiza en el acto. Ya bien entrado el siglo XX, fue precisamente lo sugerente de la expresión lo que hizo que se identificara con ese nombre al tipo de música derivada del blues, pero con un toque mucho más salvaje y frenético.

El rock n’ roll, como se puede ver, desde sus iniciosestá unido irremediablemente a lo que en la religión se llama el “pecado” o, al menos, la herejía. Se trata siempre de almas en pena que buscan la manera de redimirse, pero que en esta búsqueda no encuentran sino la virulencia de una entidad divina que parece alejarse cada vez más y, por lo tanto, exige mayor inmolación, autoflagelación y sacrificio. Jerry Lee Lewis decía estar poseído por el demonio mientras tocaba y la única manera de sacarlo era precisamente interpretando estas canciones alocadamente hasta agotarse. Las referencias a satán en los diferentes subgéneros del rock son frecuentes, como todos sabemos. Es conocida la leyenda del chico guitarrista con pocas habilidades con el instrumento que se va al desierto a perderse durante un largo tiempo y cuando regresa ha cobrado un virtuosismo apabullante y está dispuesto a humillar a todos aquellos que se burlaron de él. Al menos Robert Johnson y Jimmy Hendrix han sido identificados con esta historia que supone un pacto con el diablo de por medio.

En la religión cristiana, como todos podemos recordar, el famoso “dios de las tinieblas” no es sino un ángel descarriado que pudo haber llegado a ser el predilecto de dios, pero que se dejó llevar por la soberbia y otras tentaciones. Conocida es la historia de las seducciones del mal en el cristianismo. De ellas, de hecho, provenimos nosotros, la raza humana, marcados por el pecado original. Somos desviaciones de la ley divina. La tentación es siempre terrenal, tiene que ver con los placeres de la carne, es decir, tiene que ver con que somos seres con un cuerpo y una vida finita. En la comunidad de dios todos somos iguales, en el cielo, o el paraíso, como se guste llamarlo, todo es armonía. Pero no en este mundo. El rock n’ roll no representa solamente esta condición de existencia, sino que más allá de ello, representa precisamente la tentación de vivir. Sobrevivir en este mundo ya es demasiado, pero cómo sobrevivir, cómo salvarse de la inmundicia cuando sabemos que quienes en este mundo nos prometen la cura o la salvación, seguramente esconden un plan secreto que los beneficia sólo a ellos. El rock n’ roll da cuenta de este malestar en la cultura, como lo llamaría Freud. El rock no es sino el síntoma de una sociedad que no puede, por más que quiere, purificarse, erradicar la violencia, progresar y alcanzar lo que se ha llamado “Estado de civilización”, sociedad del conocimiento o “paz perpetua”, como la llamaría Kant. En el rock se encarna el lado más descarnado de la vida, su lado cruel y oscuro, sólo a partir del cual podemos saber que estamos vivos y que, lo que nos toca en este mundo no es sino soportar sus tormentos de la manera más gozosa posible, pero no más que eso. 

La experimentación con el cuerpo, el sexo y las drogas, en el rock n’ roll es esencial, sobre todo después de la década de los 60 en que el rock se vio involucrado con el movimiento anti-guerra, la liberación femenina, obrera y racial, entre otras, pero sobre todo de la mente. Los hippies estaban seguros de que estas liberaciones eran no sólo posibles, sino bastante plausibles. Jerry García, vocalista de Grateful Dead, lo reducía a la siguiente fórmula: “si todo el mundo fumara marihuana viviríamos en un mundo mejor”. La experimentación en el rock no está motivada por una simple curiosidad pasajera o capricho infantil, es un llamado, expresa una necesidad de saberse vivo, es una protesta ontológica. Si no podemos vivir el paraíso aquí mismo, por lo menos intentémoslo, llevando el éxtasis hasta el grado supremo de la autoaniliquilación si es posible. Más vale autodestruirse en la búsqueda de la redención que saberse culpables hipócritas que sostienen a una sociabilidad de simulacros.

La diferentes variantes que adquirió el rock a lo largo de la segunda mitad del siglo XX evidencian una búsqueda incansable por la materialización de una fuga fuera de esta sociedad donde todos siguen el juego de que ya están salvados cuando sabemos que no es cierto. Quizá la religión podría haber sido sólo una forma de dominación hacia las clases bajas, pero el mayor pecado de éstas fue creérsela y devolver estas inclemencias en forma de aullidos y bailes excéntricos. El rock progresivo buscaba perderse en viajes sonoros hasta el delirio; el punk transpiraba nihilismo y anarquía; el heavy metal fantaseaba con transformarse en seres invencibles; el grunge demandaba realidades y se asentaba en el sarcasmo. Así podríamos seguir con otros tantos subgéneros que irían desde la oscuridad del dark hasta la furia de un crust o incluso el desenfado del ska o el punk melódico. Todos ellos fraguaban, a su modo, un escape; forjaban una forma singular de evasión. Se podría decir que violentaban la superficie de la normalidad para mostrar que debajo de todo eso no sólo se encuentra el sinsentido sino también la rabia de estar vivo y saber que en realidad ya estamos en el infierno.

Lemmy Kilmister, vocalista de Motörhead, solía decir que antes de la invención del rock n’ roll el mundo era otro. Era un mundo mucho más aburrido al menos para las clases media y baja estadounidenses. La emergencia y elevamiento del rock a nivel masivo coincidió con el desarrollo de la cultura pop como proyecto social nacional que tenía por propósito incentivar al consumo para activar la economía estadounidense recién salida de la crisis de los años 30. Pero lo que mostraba el rock era una parte distinta de esta cultura, una que crecería a la par, pero en el lado oscuro. Hay quien piensa que la esencia del rock n’ roll es la diversión. Yo creo que no es así. Lo que caracteriza a este género de música es la transgresión, la rebeldía y la violencia contra las normas establecidas. Ahora nos queda más claro eso, pues la sociedad del entretenimiento ha desarrollado infinidad de dispositivos para mantenernos divertidos, pero la industria del rock n’ roll, por otro lado, ha quedado ya bastante disminuida. Es verdad que el rock podía traer diversión, entretenimiento, incluso podría ser tratado como un sector económico más de la sociedad del consumo entre tantos otros. Sin embargo, el punto está precisamente en el hecho de que justo en medio de esta exaltación de entusiasmo e inocencia que representa el “sueño americano” y la creencia en el progreso de la humanidad en general; en el centro de todo eso también creció un monstruo, un engendro, un hijo malparido llamado rock n’ roll que nos recuerda que en el fondo nunca hemos dejado ni dejaremos de ser seres malditos.

El rock n’ roll está ahora ya muerto, pero eso no significa que el mundo haya mejorado en absoluto, ni ningunx de nosotrxs. Por el contrario, lo que sucede es que ya no hay chivo expiatorio sobre el que recaigan todos los males. El rock n’ roll es reverenciado con un aprecio nostálgico y quienes siguen aferrados a cualquier subgénero del mismo simplemente están pasadxs de moda. Están fuera de tiempo y ya no le dicen nada a nadie más que a ellxs mismxs, quizá ese es su consuelo. La contraparte es que en la era de la información todo el mundo encuentra sus propios consuelos donde quiera y donde pueda. Cada beat de información nos conecta potencialmente con todo lo demás en un abismo infinito. ¿Cómo violentar este nuevo orden ya sin otro dios que la misma configuración que se recompone de sus propias derivaciones? Eso es algo que ya nos tocará ver o, en el peor de los casos, inventar nosotrxs mismxs.

Apéndice sobre México

Según cuenta José Agustin en La contracultura en México, en nuestro país el rock n’ roll fue tomado al principio como una expresión más del colonialismo estadounidense. Fue tomado como una música vacía y sin contenido social. Frente al rock n’ roll se sostenía el compromiso político y social que representaba la trova en aquel entonces. Sin embargo, hubo dos motivos por los cuales el rock n’ roll también en México terminó estando vinculado con la rebeldía. El primero de ellos es Avándaro, aquel famoso festival de música organizado por Luis de Llano, quien después fuera productor de telenovelas de Televisa, pero que en sus años de juventud pretendía hacer del rock un gran negocio. Avándaro, como todos lo sabemos, fue un éxito en el sentido de que básicamente hubo sexo, drogas y rock n’roll, pero, por otro lado, precisamente por eso a la clase dominante de este país no le pareció en absoluto y se terminó por prohibir este género musical por casi dos décadas. El segundo fue que en los años 80 el movimiento rupestre se encargaría de mezclar la trova, como música folklórica de protesta, con el rock n`roll en una especie de punk acústico que derivaría en lo que ahora conocemos como rock urbano

En México el rock duró poco, desde el Rock en tu idioma en los años 80 hasta la estación de radio Interferencia, dedicada única y exclusivamente al rock producido en países hispanoparlantes, la cual duró sólo un año transmitiendo entre 2009 y 2010, terminando sus operaciones por falta de audiencia. El multiforo Alicia, que se dedicó a exponer desde finales de los años 90 toda clase de subgéneros del rock pasó a la historia aludiendo que había más bandas que público para ellas. Eso es cierto, en México hay una gran cantidad de bandas de rock, casi cualquier persona tiene, ha tenido, tendrá una banda, o al menos conoce alguien que lo haga. Pero sabemos que esta música ya no sirve para transformar la sociedad en absoluto, a lo mucho transforma a sus ejecutantes, y eso a veces.

Es cierto que en cierta medida nuestrxs reguetonerxs cumplen la función que cumplió el rock en el siglo pasado en norteamérica, ya que se distinguen justamente por su falta de respeto a cualquier ley moral, representan un peligro para cualquier persona decente, inhalan cemento y experimentan con diversas variantes de narcóticos; tienen también su veta religiosa, pues veneran de una forma extraña a San Judas Tadeo, la Santa Muerte y la Virgen María, principalmente; y, más aún, el sexo es una tema medular de su estética en todos los sentidos. Pero también vale la pena advertir que la música folklórica en México siempre ha tenido bastante de estos componentes; y que por otro lado estos anti-valores que bien pudieron escandalizar y movilizar imaginarios en amplia escala en el vecino país del norte, aquí están más asociados con los estragos de una sociedad explotada, precarizada, misógina, humillada y engañada por sus figuras de autoridad. En todo caso, el enemigo aquí no es la hipocresía sino el cinismo. No hay que luchar por detener la guerra de nuestros gobernantes hacia otros pueblos, sino por detener la guerra hacia nuestra propia gente. Por último, hay que aceptar que el rock nunca terminó de cuajar en nuestro territorio ni en términos de industria ni de popularidad. Sin menoscabar su ejemplo, más valdría comenzar a pensar otras genealogías de la fuga donde quizá la música ya no sería el único centro.

*Una versión casi idéntica de este texto fue leída en el año 2016 en el II Coloquio Lecturas de la Cultura Pop. Filosofía, Psicología y Psicoanálisis. “La vida que hacemos y consumimos: violencia”, llevado acabo en la FES-Iztacala.

Categorías Pensamiento

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