El odio a la policía

Hay al menos dos factores que podríamos decir que intervienen en el odio común a la policía.

1. La hiperespecialización del trabajo en las sociedades contemporáneas.
2. La paradoja del intento de autocontrol en toda sociedad.

El primero se deriva del segundo, pero como el primero es más fácil de explicar, comenzaremos con ese y no al revés, como podría resultar más lógico.

Como sabemos, la hiperespecialización del trabajo es una tendencia en las sociedades contemporáneas que ha venido en aumento al menos desde Taylor y Ford. Eso se cree, pero más bien habría que ver que es una tendencia que viene derivada del desarrollo del capitalismo, es decir, que comienza desde mucho antes; y también que toda organización social tiende a tal hiperespecialización, la cual no puede más que llevarla a la ruina.

La hiperespecialización, en relación a la policía, hace que estos sujetos queden encadenados a una labor específica y no puedan salirse de ella para cuestionarla respecto de la sociedad en general. Pareciera que estos sujetos no tienen conciencia de sí, sino que simplemente cumplen órdenes sin importar lo absurdas que éstas puedan ser o no. El odio a la policía viene cuando ésta cumple con una labor que se considera absurda. Pero hay que ver que todas las labores de la policía son absurdas.

Se podría creer que hay mejores policías que otras, pero más bien habría que ver que una mejor policia sólo encubre que debe haber otra policía más letal, sangrienta, despiadada, que permite que la primera sea más benévola, equitativa, pacífica. Es decir, hay un continuum  entre policía buena y policía mala, como en aquellos interrogatorios de las películas. Si la policía del tercer mundo es tan absurda y despiadada es porque cumple con una labor muy especifica que cubre ciertos aspectos oscuaros que la policía del primer mundo se da el lujo de no cumplir. Hay una delegación de las tareas sucias, se podría decir.

Generalmente, se puede ver con facilidad la hiperepecialización de la policía a nivel local, manifiesta en la forma en que cada sector policiaco tiene su cargo, sus tareas, sus espacios, etc. Pero hay que mostrar que la hiperespecialización en el capitalismo se ha hecho global. De esta manera, no sólo la policía de cada país o región es una especialización que tiene sus muchas o pocas ramificaciones, sino que, en general, la policía del tercer mundo es una rama muy específica de la policía global que cumple con las tareas más sucias necesarias para mantener el orden mundial.

Ahora, ya que hemos dado un contexto de la situación, pasaremos al segundo punto para dar cuenta de que este contexto no es sino una manifestación más de una paradoja en la que están envueltas todas las sociedades, y no sólo las capitalistas ni este intento de sociedad global en particular. Lo único que diferenciaría a nuestro momento histórico de las anteriores sociedades es que nuestra policía ya no tiene márgenes. Y, al no tenerlos, queda expuesta a la propia paradoja de su existir.

Todo orden se mantiene con una ley. Pero toda ley humana tiene un punto ciego y es quién va a dictar la ley y quién va a hacer que se cumpla. La policía, como se entiende normalmente el término, se refiere a éstos últimos mencionados, los que van a hacer que la ley se cumpla. Pero la policía, entendida en un sentido mucho más amplio, sería cualquier institución que se encarga de cualquiera de las dos tareas. Es decir, una vez que se establece un orden, en pequeñas o grandes sociedades, incluso para una, dos o millones de personas, tal orden se institucionaliza. En ese momento comienza a actuar la policía: alguien que dicta la ley que en adelante ha de seguirse para mantener ese orden y alguien que se va a encargar de que se cumpla, vigilando, castigando, moderando, etc.

La policía que dicta la ley y la que hace que se cumpla puede ser una misma, incluso siendo policía de sí misma o de otros pocos, muchos o millones; o puede que haya miles de hiperespecializaciones con pequeños cargos para cada una de esas dos tareas y tengan bajo su responsabilidad el orden de todo un pueblo o del globo, no importa. De cualquiera de las formas, el punto ciego consiste en que siempre las leyes a seguir pueden ser otras y eso es algo que la policía, ya se trate de una o millones de personas, tiene que dejar de lado a la hora de cumplir con su labor.

Para ponerlo sencillamente: 1) para dictar las leyes es necesario que se dejen de lado otras posibles leyes y 2) para hacer que se cumplan las leyes es necesario que ni siquiera se tome en cuenta que podría haber otras leyes distintas. Antes de que las leyes sean dictadas aún no hay policía, lo que hay es un caos humano, a veces llamado “acontecimiento político” o “desacuerdo”, pero también a veces llamado “estado naturaleza” o la “guerra de todos contra todos”. Pero, aunque se use aquí, y muchas otras veces, la palabra “antes”, eso no quiere decir que se trate de una sucesión cronológica entre estas dos facetas, sino que es un orden ontológico. Ese “antes” sólo se usa para dar cuenta de que generalmente ponemos atención a lo que se nos muestra más superficialmente, de tal manera que tenemos que retroceder un poco, usando una metáfora temporal, para dar cuenta de que detrás de ello hay un caos que se esconde en todo orden.

De igual modo, no es que el caos esté “detrás” espacialmente, simplemente que se usa esta metáfora para dar cuenta de que generalmente no ponemos atención en ello. Pero he aquí la explicación de que no podamos poner atención en ello y es precisamente que mientras estamos envueltos en el orden, no tenemos otra opción más que sólo ver eso, lo que se nos muestra. Esto siempre pasa por el tamiz del orden y sólo podemos dar cuenta de ello a través de este filtro. Pero a la vez la paradoja se inmiscuye en todos los órdenes. De tal forma que siempre hay que estar intentando dar cuenta de lo que está “detrás” o “antes” del orden actual si lo que se quiere es tratar de entender un poco nuestro actual odio a la policía.

El odio a la policía no es otra cosa que lo que Freud llamó “malestar en la cultura”. Por tanto, no podemos hacer otra cosa que odiar a la policía. Pero entonces, al odiar a la policía, odiamos más bien a nuestra propia condición paradójica de la que no podemos salir nunca. Odiamos a un Dios muerto que no dejó marcadas las leyes bajo las cuales podríamos ser felices, odiamos ser responsables de nosotros mismos.

Odiamos a la policía, pero siempre uno cae en cuenta rápidamente de que casi cualquier acción de la vida cotidiana contribuye a mantener el mismo orden policiaco del que nos quejamos.

Odiamos a la policía, pero seguimos creyendo que la policía debería servir para el bien y el orden, sin darnos cuenta de que precisamente para esto debe ser totalmente injusta y absurda en otros momentos.

La hiperespecialización policiaca trae consigo el hecho de que cada una de las microtareas, ya se trate de las más refinadas, como la vigilancia en redes, o las más brutales y groseras, como los crímenes de Estado, sean ciegas a su paradoja constituyente. Éste es un proceso lógico cuando durante mucho tiempo se sigue el mismo orden policial, las mismas lógicas, las mismas reglas. En la actualidad llevamos un proceso tan largo que es difícil establecer los límites, pero sabemos que al menos estamos en él desde la modernidad y que podríamos extenderlo hasta los inicios de la cultura occidental. Pareciera que no tiene fin este proceso, pues el orden actual ha terminado por insertar en él temporalmente una amplia parte de la historia de la humanidad y espacialmente a casi todo el globo, haciéndonos creer que éste es el único orden posible, sea como que sea que eso se entienda. Pero, por el lado contrario, al posicionarnos en un escenario donde pareciera que ya no hay más tiempos ni espacios por conquistar, quedamos de nuevo expuestos a la paradoja fundacional de la policía.

La policía en una sociedad utópica no es necesaria. Y es verdad que no vivimos en una sociedad utópica, pero eso no quiere decir que vamos a dejar de lado el sueño de la utopía y nos vamos a resignar a la policía actual. Lo que deja de lado cualquier policía es que puede haber otros mundos posibles. Las utopías existen no nada más para desapegarnos de este mundo terrenal e imaginar algo totalmente inexistente e imposible, sino también y principalmente para que en ese ejercicio de desapego nos demos cuenta de que hay diversas formas de aspirar a la utopia y no sólo la actual. Todo orden actual es una forma de aspirar a una utopía. El odio a la policía viene cuando se muestran las fallas del orden actual. Entonces se nos abre el camino para pensar en otros órdenes. Mientras la policía funcione no hay odio a hacia ella. Pero mientras no haya odio hacia ella no tenemos la posibilidad de imaginar otro mundo. Afortunadamente, la policía nunca funciona totalmente.

El odio a la policía es tan absurdo como el deseo de que la policía funcione totalmente, es decir, tan absurdo como el totalitarismo. Y, sin embargo, no podemos más que odiar a la policía cuando no funciona, o sea, siempre. Y no podemos más que abrazar al pequeño totalitarista que llevamos todos dentro. En otras palabras: lo menos que podemos hacer es darnos cuenta de que todo odio a la policía trae consigo la aspiración a que la policía un día funcione y cumpla con su labor perfectamente, lo cual implicaría que ya no habría ninguna posibilidad de pensar ningún otro mundo posible.

¿Por qué odiamos a la policía? Nuestro error quizá es aún esperar algo de ella. Está bien. Ése es nuestro error, pero no tenemos más opciones que seguir cometiendo errores por mientras llegamos o construimos la utopía, aún sabiendo que nunca lo haremos.

*Texto publicado originalmente en el año 2015 en el desaparecido blog eleternoretorno.com
Categorías Filias, Pensamiento

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