Memética y política

“Hey, todos ustedes estudiantes allá afuera, (…) hay realmente dos opciones a donde dirigir tus estudios los próximos años: Puedes ignorar todas las evidentes inconsistencias y aceptar el status quo. Puedes cruzar los dedos y esperar que el viejo paradigma que una generación o dos dejaron sea suficiente para que tú hagas una carrera. O puedes enrolarte de inicio entre los disconformes. Puedes ser un agitador, un provocador, un guerrero de memes, un okupa, uno de los estudiantes del campus que coloca mensajes disidentes en los pizarrones y reta abiertamente a sus profesores en clase. Puedes apostar tu futuro en un cambio de paradigma.” –Kalle Lasn, Meme wars

 

Todos reímos cada vez que sale un nuevo meme de John Travolta mirando para diferentes lados como perdido incrustado digitalmente en la situación embarazosa más popular del momento. No es necesario que lo pensemos mucho. Los memes sencillamente logran tocar la parte humorística, simplona, morbosa y un tanto sádica de nosotros para hacernos soltar una risotada en donde quiera que estemos sin importarnos el contexto. Los memes han alcanzado tal grado de sofisticación que ni siquiera nos damos cuenta de cuándo algún gesto, alguna frase o alguna imagen o forma tienen el potencial de convertirse en memes. John Travolta le dio la llave al maravilloso mundo de los memes al gif animado, por ejemplo. Apenas lo vimos y ya se volvió viral (“esto se va a descontrolar”). Este fenómeno de los memes es destacable por su brevedad. Con los memes todo pasa muy rápido, desde su concepción, su difusión y muchas veces también su olvido. Por ello, puede resultar fácil desecharlos como algo simplemente pasajero y sin importancia, o que no hay otra cosa en ellos más que una muestra palpable de la banalidad de nuestra época. Pero también puede ser que si ponemos atención en lo que este fenómeno significa, podamos dar cuenta no sólo de nuestra estupidez actual, sino de cosas más profundas detrás de los memes, como formas inéditas de expresión humana, modos de comunicación y transmisión de saberes antes impensables, e incluso nuevas formas de hacer política. A la vez, muy probablemente el encanto del meme reside precisamente en su carácter efímero y trivial. Sin embargo, y de manera muy breve para no echarlo a perder, quizá vale la pena indagar un poco más algunas de estas ramificaciones para que la próxima vez que veamos un meme reflexionemos un poco más, haciendo de la experiencia algo más interesante, después de reír un rato tontamente por supuesto.

Ya es muy conocido el dato de que los memes son partículas de información que se transmiten culturalmente. Son frases o imágenes grabadas en la cultura popular que se vuelven fáciles de reconocer y que, por lo mismo, pueden servir para emitir un mensaje cualquiera. Evidentemente el surgimiento de este fenómeno está relacionado con la sociedad de la información y las tecnologías que le dieron entrada. Ante el mar de información, los memes son pequeñas cápsulas de recuerdos, nodos donde se concentran una serie de flujos normativos que de pronto cobran la forma de un personaje, un tipo de composición tipográfica, un eslogan o la combinación de éstas y otras cosas. Se podría decir, incluso, que los memes vienen a ilustrar el imaginario colectivo de nuestra época, le dan forma y es posible que lo guarden para la posteridad.

Richard Dawkins, un estudioso de la conducta no muy respetable teóricamente, fue quien acuñó el término “meme” en los años 70. Eso ya se sabe. Pero desde que emergió esta etiqueta con Dawkins a la fecha han pasado varias décadas, de tal forma que el concepto ha cobrado vida propia, se ha desenvuelto en sociedad, se ha convertido en un meme él mismo y ha encantado a las nuevas generaciones para hacer uso de él. El meme puede ser tomado de varias formas. Puede ser tomado simplemente como “cliché” o forma estandarizada. En su sentido más general, también puede ser tomado como sinónimo de “idea” o “concepto”. Pero en una radicalización teórica, incluso se puede llegar a explicar todo nuestro universo bajo la memética. Susan Blackmore, autora de La máquina de los memes, ha llegado a decir que el Yo no es otra cosa que un puñado de memes que compiten entre sí y se agrupan de acuerdo con su cierta compatibilidad para lograr permear todos nuestros pensamientos y acciones. Si entendemos de esta manera al hombre, entonces el concepto de libre albedrío ya no se sostiene, dice Blackmore. La memética se vuelve así una propuesta ontológica.

Bajo la lógica memética, no somos más que una máquina de recuerdos, de conexiones y de efectos de ello. En otras palabras, no hay metafísica de los memes. La máquina de los memes es pura inmanencia, efecto tras efecto. Las influencias teóricas de este acercamiento podríamos rastrearlas desde la ciencia cognitiva y conductual de la psicología a finales del siglo XIX y principios del XX. Es decir, estamos hablando de una aproximación positivista, donde todos los comportamientos y hasta los pensamientos pueden ser registrados y clasificados para que, en el grado más desarrollado puedan ser calculados y, si es posible, controlados. Pero creámosle o no a Blackmore o Dawkins, lo cierto es que el concepto de memes hoy forma parte ya no sólo de un vocabulario especializado de científicos bien pagados, sino de nuestra cotidianidad. Y, del mismo modo, es cierto que, seamos o no positivistas, todos hemos sido lanzados en este momento de la historia a un mundo ya sin metarrelatos (Lyotard dixit). (Por supuesto, el metarrelato positivista también hace mucho que ha sido cuestionado de muchas maneras –entre ellas los mismos memes–.) En estas condiciones, el pensamiento sobre los memes no tiene por qué pertenecer ni quedarse encerrado en un cierto ámbito académico o teórico. El término está ahí y puede bien ser apropiado tal como su misma concepción lo sugiere.

Los memes actualmente bien pueden servir como un juego de referencias que llevan sólo al entretenimiento. Pero más allá de eso, hay una línea de pensamiento que se ha dado la tarea de investigar acerca de las consecuencias políticas de este tipo de partículas con el fin de estudiarlas como fenómeno social.

Con base en la teoría darwiniana, “El gen egoista”, figura teórica que le da título al libro donde Dawkins acuña el término “meme”, se refiere a un gen que a base de competencia logra replicarse y sobrevivir a las fluctuaciones de reproducción, siendo así la piedra angular de la evolución. Además de su carga positivista, de ahí al neoliberalismo podríamos decir que hay sólo un paso. El mercado mundial y el control biopolítico se conjugan perfectamente bajo esta comprensión del hombre para proporcionarnos los lineamientos de la sociedad que hoy conocemos y de la cual somos tanto víctimas como participantes.

Para Dawkins, el meme además es un replicador cultural, así como el gen es biológico, y está sujeto a las mismas normas de competencia. Por lo tanto, se podría decir que con Dawkins quedan sentadas las bases para entender el motivo y forma de actuar del control cultural y mental que hoy se lleva a cabo por medio del marketing, el spam y demás aparatos de publicidad y propaganda. Y, sin embargo, unas décadas después del libro de Dawkins, un activista trasnochado llamado Kalle Lasn retomó el término “meme” para hacer una propuesta alternativa. En su libro Sabotaje cultural, del año 2000, Lasn anunciaba que las batallas geopolíticas en la era de la información se tendrían que llevar a cabo a través de la manipulación de memes.

Lasn estaba defendiendo una práctica muy socorrida en los 90 conocida como “sabotaje cultural”, o culture jamming en inglés. Este autor/activista es también cofundador de la famosa revista Adbusters, misma que en cada número se ocupa de cuestionar y hacer una crítica a la sociedad de consumo, el corporativismo y la catástrofe ecológica causada por ello. Para hacerlo, hacen uso de la práctica del sabotaje cultural que consiste en retomar imágenes reconocidas de la cultura del consumo, como anuncios publicitarios, logotipos o personajes de alguna marca, y tergiversarlas para dar un mensaje distinto del original y, por lo general, en contra del mismo. Así, en algunos ejemplos de sabotaje cultural hecho por artistas reconocidos el payaso Ronald McDonald podría se reinterpretado como un bufón grotesco y aterrador que afuera de uno de estos restaurantes de comida rápida espanta a los clientes con información sobre las prácticas corporativas de la multinacional (Minerva Cuevas), o simplemente como un clown hipergordo que demuestra con su propia figura los efectos de la ingesta de esta chatarra (Ron English).

La revista Adbusters ha sido acusada de apropiarse de esta práctica artística y activista para vender productos “alternativos” bajo la misma lógica mercantilista que critica. Pero más allá de ello, es evidente que la lógica del sabotaje cultural puede pensarse bastante adecuadamente como un antepasado de los memes que conocemos ahora. Esta idea de valerse del valor simbólico de una imagen y virar el mensaje planificado hacia otros lugares es básicamente el mismo recurso que utilizaban los saboteadores de finales del siglo pasado. Quizá el toque político de aquellos se ha perdido en muchos casos, pero en otros no.

La práctica del sabotaje cultural tampoco era nada nuevo. De hecho, muchos de los llamados “saboteadores” tenían formación académica de artistas, aunque otros no y eran simplemente bromistas o diestros boicoteadores, y veían como sus antecesores prácticas como la caricatura política, el graffitti, el punk o incluso las vanguardias artísticas.

Y efectivamente la lógica de partículas de información que generan un choque en la percepción normalizada del espectador podríamos rastrearla desde el collage dadaísta, o los ready-mades de Duchamp, por ejemplo, y en todas las diferentes versiones de lo mismo que sucedieron a estos gestos de principios del siglo XX. Tan solo habría que recordar el L.H.O.O.Q. de Duchamp; pero también la obra ¿Qué es exactamente lo que hace a los hogares de hoy en día tan diferentes, tan atractivos?, de Hamilton y mucho del arte pop; las pintas callejeras e intervenciones a anuncios de los situacionistas; las intervenciones apropiacionistas de Barbara Kruger para cuestionar roles de género o estereotipos de la cultura del consumo, etc., etc. Pero no olvidemos tampoco la imagen de la reina de Inglaterra con un seguro en la nariz utilizada para la difusión de los Sex Pistols, ni tampoco la importancia política y social que ha tenido en México la caricatura política desde que este país se constituyó como tal.

Cuando Lasn y otros saboteadores hacían referencia a estas prácticas urdían sus raíces en la esfera reconocida del arte, pero también estaban confabulando un nuevo tipo de activismo político acorde con los tiempos que vivían y que continuarían hasta nuestros días. Lasn, por ejemplo, imaginaba un mundo donde nadie pudiera pasar por encima de la opinión pública, donde las corporaciones y los gobiernos fueran supervisados por los ciudadanos de tal manera que a través de los medios de comunicación, cada vez más sofisticados, la organización social se mejoraría para todos. Lasn es un idealista, por supuesto, un utopista. Pero, dentro de su inocencia, efectivamente pronosticó algo que ha marcado nuestra década desde unos 10 años antes.

Los memes bien pueden parecer un mero entretenimiento, como lo dijimos antes, pero también es justo hacer mención de que este tipo de artilugios comunicacionales han servido en lo que lleva de nuestra década para hacer patente cierto malestar con la cultura actual. Han servido, por ejemplo, como un modo de convocatoria masiva dentro de las redes sociales para desmontar figuras o imaginarios públicos. De acuerdo con Limor Shifman, una estudiosa actual de los memes, este tipo de artimañas imaginísticas han jugado un papel importante en un nuevo tipo de participación política mediática, ya sea a nivel popular o incluso como respuesta desde campañas lanzadas desde arriba. Shifman distingue al menos tres funciones entrelazadas de los memes, más allá de la mera distracción: 1) como forma de persuasión masiva; 2) como base para la acción multitudinaria; y 3) como modo de expresión y discusión pública.

Por su parte, Ryan Milner, otro teórico de los memes, destaca que en realidad es buen momento para convertirse en un investigador académico de los memes. A pesar de que bien se podría decir que éstos han muerto como subcultura una vez que han sido asimilados de forma en absoluto peligrosa para el sistema por dispositivos muy bien vigilados como Facebook o Twitter, ahora es posible pensar la memética más bien como un proceso social complejo que comprende un amplio rango de prácticas populares. Sobre todo, dice Milner, es importante dimensionar social, cultural y políticamente la memética en una zona que tiene que ver con la creación, circulación y transformación mediática, que se sitúa entre lo ya conocido y lo nuevo.

Para ponerlo en un caso concreto, tan solo en México, quien osa llevar el título oficial de “Presidente de la República” no se puede ver ya de otra forma más que como la apoteosis del hazmerreír contemporáneo. Y esto es gracias a los tantos memes que se han hecho sobre este pintoresco personaje y sus grotescas acciones. Durante las cuestionables elecciones donde salió victorioso, los memes jugaron un papel importante para demostrar la indignación y el hastío no solamente de la política, sino de todo un régimen de simulación sostenido por una cleptocracia evidente. Se podría decir que esa batalla fue perdida oficialmente. Pero eso no borra de la memoria y del magma de significaciones imaginarias esta ruptura con la política de partidos. Por el contrario, impulsa que por todas partes se active una imaginación por una política que está por venir. Así que ahora, dentro y fuera de la academia, esto es algo que nos corresponde a todos.

Supongamos por un momento que todo es un meme, que no somos más que el resultado de los flujos de genes que heredamos y los memes que nos atraviesan todo el tiempo. Entonces hagámonos cargo de ello. Es verdad, los memes bien pueden ser usados para propaganda, bien se podría decir que no ejercen ningún tipo de resistencia, que incluso refuerza un lenguaje lentamente implantado en la mente de los espectadores durante todo el siglo XX para manipularlos. Pero también habría que recordar que junto a este lenguaje también siempre ha habido y seguirá habiendo brotes de discrepancia. Los memes en ese sentido también pueden ser una de las más recientes manifestaciones de la carcajada dionisíaca que todo lo puede derrumbar de un solo golpe; que puede poner en suspenso el orden del mundo por mero capricho. El chiste, chascarrillo, su relación con lo inconsciente, su poder de desfiguración, desmarcación, desenmascaramiento, la risa, la danza, la furia, en fin, este escrito se suponía debía ser breve así que aquí lo dejo por ahora. LOL

 

Bibliografía

Blackmore, Susan, La máquina de los memes, Barcelona, Paidós, 2000.

Dawkins, Richard. El gen egosita. Barcelona, Salvat, 1993.

Lasn, Kalle, Sabotaje cultural. Manual de uso, Barcelona, El viejo topo, 2007.

________ Meme Wars. The Creative Destruction of Neoclassical Economics, Nueva York, Adbusters Media Fundation, 2012.

Milner, Ryan, Memes are dead; Long live memetics, en: http://culturedigitally.org/2015/10/01-memes-are-dead-long-live-memetics-by-ryan-m-milner/

Shifman, Limor, Memes in digital culture, Cambridge, The MIT Press, 2014.

 

* Este texto fue publicado por primera vez en el número 15-16 de Palabrijes. El placer de la lengua, revista de de la UACM, en diciembre de 2016, y se puede encontrar en su versión original aquí: Memética y política

Categorías Filias, México, Memes, Pensamiento, Política

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