Generar, trabajar y robar ideas

La artista mexicana Maris Bustamante dijo alguna vez que “a quien tiene una idea, y se la roban, le arrebatan todo lo que tenía; a quien tiene 10 ideas, y le roban 5, le quitan la mitad de lo que tenía; pero a quien tiene 100 ideas, y le roban 50, en realidad no le han hurtado nada, incluso le han dado un regalo y en la medida de lo posible desearía que le tomaran más para que puedan ponerse en marcha”. “Las ideas son de quien las trabaja”, decía Cesar Martínez Silva, otro artista mexicano. En el ambiente académico se teme mucho al robo de ideas, y no sólo ahí, también en el profesional, ya sea artístico, empresarial u otros. En realidad, tener ideas para guardárselas resulta absurdo. No tiene sentido parir una idea para llevársela uno a su tumba. Hay que dejar que la idea viva, sea libre y encuentre su propio destino. Por el trabajo, esfuerzo y sobre todo el dolor que conlleva, es justo hacerlo. “Tener una idea es una especie de fiesta”, decía Deleuze. Qué estúpido parece entonces no querer invitar a todo el mundo a la fiesta. Es gratis y todo el mundo puede disfrutarla a la vez. Si uno tiene una idea es para hacer más amplio el mundo. Si uno tiene una idea es para que se la roben, para que la retomen, para que la trabajen, la tergiversen, la gocen, otros junto con uno. Qué triste resultaría más bien haberse ido de este mundo al cabo de años de trabajo y no haber dejado ninguna idea en los otros. Es como no haber existido en realidad.

No importa que la idea sea atribuida a uno o a cualquier otra persona. Incluso es más provechosa la idea cuando no se sabe de dónde viene, cuando se siente como una especie de intuición profunda que todo el mundo debe compartir. Una idea que queda prendida del nombre de un autor está destinada a estancarse en las citas especializadas que sólo leen unos pocos. Incluso cuando se trata de grandes autores, pensar que una idea le pertenece a alguien es simplemente una desgracia. Es un pensamiento muy pobre. La idea de Nietzsche del eterno retorno, por ejemplo, no se reduce a lo que pudo haber pensado el pequeño ser humano insignificante y un tanto orate que fue aquél alemán del siglo XIX. La idea lo atravesó a él. Nietzsche fue sólo el pretexto de la idea. Y esta idea, además, ya estaba de otras formas en muchos otros. Nietzsche, si acaso, sólo dio palabra a lo que muchos ya pudieron haber pensado antes o al mismo tiempo o mucho después. La vida material del autor de una idea es demasiado reducida respecto de ésta. Nosotros sólo somos un medio, un conducto de la idea. Resulta más fructífero, de hecho, que la idea sea trabajada por otros además de quien la concibió, pues el tiempo de vida de una sola persona nunca es suficiente para desarrollar muchas ideas, quizá algunas cuantas solamente a buen nivel.

Finalmente, visto así, todos aquellos temores de los artistas, académicos y pensadores en general, de que les roben sus ideas pierden todo sentido. Es comprensible, por otro lado, que buscando una forma de supervivencia en el mercado, y que ésta sólo se pueda obtener bajo estas maneras del copyright muchas veces, se presten al resguardo de las ideas. Pero eso es una cosa muy distinta y hay que evidenciarlo. Pero entonces también hay maneras de generar, trabajar y robar ideas que estropeen el mismo sistema desde dentro y no sólo sirvan a él. Y de esto hablaremos en otra ocasión.

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