Si en la primera parte de esta exploración hacíamos una relectura de “Las grandes ciudades de y la vida mental” de Georg Simmel, retomando su modo de analizar el fenómeno a partir de la dualidad entre vida mental y vida afectiva, en esta segunda parte será necesario ir más allá de aquella visión binómica. Y es que, si antes decíamos que las redes sociales son una exacerbación de la vida mental de las grandes ciudades al grado de que el yo de éstas tiene que verse duplicado para atender la vida en las redes, hoy en día las mismas redes han sufrido una transformación ontológica a causa de la Inteligencia Artificial. Ésta última convierte todo en mental. El yo que surge, a la vez que es una duplicación, ya comprende todas las dimensiones de la subjetividad, incluyendo lo afectivo y, si tomamos en cuenta el monitoreo de datos de reconocimiento corporal que registran los dispositivos con que convivimos, esto conlleva hasta lo metabólico. Ese yo es total, o pretende serlo. Y las redes ya son capaces entonces de seguir y predecir la vida total de quien las usa minuto a minuto, segundo a segundo. Son capaces de reaccionar y actualizarse de manera inmediata ante nuestras respuestas, en las cuales se intenta condensar la vida entera del individuo. Con esto, los tiempos explotan y se quiebra aquella unidad que se podía descomponer en vida mental y vida afectiva, y la duplicación del yo de la que hablábamos antes necesita ser desplegada a fin de seguir sirviendo como herramienta para el análisis. Más bien se hace evidente que el yo nunca fue esa unidad dual tan sencilla. Es ella la que ahora se antoja artificial. El sujeto se despliega en toda la complejidad que siempre ha tenido, pese a las simplificaciones que la filosofía occidental ha hecho para intentar comprenderlo. En este texto intentaremos dar cuenta de algunas de las transformaciones de las que somos tanto testigos como partícipes quienes vivimos los tiempos actuales. Por supuesto, se trata apenas de algunas notas al vuelo sin gran sistematización. Vale la pena advertir que se trata en su mayoría de meras intuiciones, algunas de las cuales yo mismo no alcanzo a comprender por entero, aunque, como se verá más adelante, quizá sea mejor que se queden así, sin sistema, sin programa, sin modelo.
Para empezar, todo lo que antes se veía como experiencia singular y personal, hoy por las tecnologías queda claro que no es así. Siempre se trata de algo compartido. En la IA todo entra en términos de normalidad y anormalidad, ambas simplemente como factores de ordenamiento. No hay lugar para lo extraordinario cuando todo lo que sucede es objeto de cálculo. El algoritmo sabe más de ti que tú mismx porque todo ha sido pasado por la estadística. Al final se podría decir que la mente humana ha resultado muy fácil de premeditar y la IA es, por lo tanto, la forma en que el pensamiento se ha hecho mercancía. Se apuesta sobre nuestros patrones de conducta y regularmente aciertan. Pero hay un punto ciego, por supuesto, cuando una mente maestra pretende abarcarlo todo. La mente se olvida de sí misma, de su propio mantenimiento y autocuidado. No olvidemos que todos los pensamientos no son más que conexiones neuronales y que el cerebro es también un órgano, es decir, un cuerpo. Éste tiene sus propias leyes, las cuales siempre retan al mundo supuestamente perfecto que ha inventado la razón desde aquellas ficciones que definen a Occidente. Para cualquiera que se haya encargado de la crianza de algún ser vivo, como animales domésticos o humanos, es claro que el dominio total sobre éstos no es solo imposible, sino contraindicado. Con un ser vivo, entre más nos esforcemos en encausarlo más se escapa el resultado de nuestras manos. Por lo menos en el largo plazo la subyugación total es imposible. Incluso si se lograra, se requeriría tanta energía por parte del agente dominador para mantener su poder que se volvería más una determinación mutua. Ahí está la ironía paradójica que nos muestra la IA: somos nosotrxs mismxs lxs dominadxs y lxs dominantes de un mundo que ya no se soporta a sí mismo. Ahí es donde el cómputo explota.
La gente se preocupa de que con la IA ya no tratemos con personas reales. Y es verdad. Pero a la vez la IA no son más que personas reales pasando a través de un aparato que les condensa. Un martillo no es nada si alguien no lo usa. Una máquina mecánica no sirve si alguien no la echa a andar. Un algoritmo no resulta si alguien no lo ejecuta. Alguien tomó, alguien ensambló y alguien programó igualmente. Desde la Revolución Industrial se temía que las personas se hicieran desechables por las máquinas, y así fue en algún sentido. Pero el matiz aquí es que no es que las máquinas sean diferentes de las personas. No es que la IA sea falsa. Al contrario, es más real en el sentido de que es una condensación de sus potencias, convirtiéndolas en poderes. La lección es que no hay que temerle a la IA ni a ninguna máquina, sino a las personas y los demonios con los que cargamos. Nuestras condensaciones sirven, en todo caso, para ver en acción todo lo que es dañino de nosotrxs mismxs. Ante todo ello la salida no puede ser simplemente querer alejarse de las redes para poder vivir una vida supuestamente libre y sin determinaciones. Al contrario, optar por ello en realidad nos posicionaría aún más en una dependencia tan grande que ni siquiera nos permitiría percatarnos de ello. Ni siquiera serviría como autoengaño gratificante, porque al final de cuentas en algún punto las conexiones nos alcanzarán para ponernos frente a lo inevitable y lamentaremos entonces el tiempo que lo evitamos. Como Edipo querremos sacarnos los ojos.
Se habla mucho de la inmediatez en internet, pero más bien es una multiplicidad de tiempos la que se juega. El yo que construimos en las redes sociales a través de nuestros avatares, por ejemplo, es posiblemente eterno. De hecho, van por ahí navegando entre los algoritmos dejando rastros de lo que hacemos y somos, siendo partícipe de las nuevas configuraciones algorítmicas en apuestas de temporalidades que pueden ser variables pero que definitivamente son independientes de quien las produjo. Los tiempos en internet tienen sus propios ritmos, que aunque son derivados, se alejan ya demasiado del tiempo fuera de internet. Ninguno es más real que el otro, simplemente se muestra en su diversidad. Si alguien no contesta un correo electrónico en una semana es muy probable que no lo conteste nunca, y ahora las plataformas lo saben y nos lo recuerdan. Si alguien no contesta un mensaje en unos días o deja en visto se toma como un signo, incluso ha adquirido el nombre ghosteo. El juego mental que eso supone arrastra irremediablemente a la vida afectiva, volviendo a ésta un objeto de especulación total. Apostamos por ser vistxs o atendidxs y sabemos también que hay apuestas más seguras que otras. La IA juega con esas variables de riesgo. Los algoritmos están esperando nuestras respuestas para introducirlas en ecuaciones de condicionamiento operante que arrojan de manera inmediata nuevos estímulos para mantenernos adictxs. La vida fuera de las redes parece quedarse corta y quiere alcanzar las velocidades de internet. Pero, recordemos una vez más: el cuerpo tiene sus propios ritmos. No se deja.
El yo no es una unidad. Es un factor múltiple y variable, con más dimensiones que solamente la vida afectiva y la vida mental. La gran cantidad de capas que atraviesan al yo se olvidan si solo se toma en cuenta la experiencia individual. Ésa es una distinción demasiado reduccionista para una estratificación casi infinita. La distinción entre mente consciente e inconsciente, que alguna vez ayudó a comprender y desafiar la hipocresía de la vida burguesa, alcanza hoy a dar cuenta de todas las dimensiones involucradas. Más bien, ante la programática de los pensamientos y afectos, la mente busca diversificarse, o más bien se muestra en toda su complejidad, multiplicidad y heterogeneidad a fin de escapar del control. El yo resulta un elemento ya muy pobre para dar cuenta de lo que significa estar vivo. De hecho, de la pluralidad de capas que componen la subjetividad, hay una porción aún más pequeña que el yo, la cual es aquella que tiene oportunidad de decidir, pues el yo ya quedó capturado. Una vez que el yo está ya domesticado, es en esa breve y diminuta posibilidad de elegir donde reside toda la potencia que tenemos, la única. Es verdad que nuestros cerebros inexorablemente van a reaccionar de formas incalculables ante el hecho de que la IA pueda actuar como ellos pero de formas más rápidas y precisas. Y van a comenzar a actuar de manera que sean totalmente incalculables por cualquier tipo de IA, de tal modo que todas las ciencias de la psique tenderán a caducar, colapsar y no saber qué está pasando ante la total falta de cálculo. Pues bien, si ese es nuestro destino, afrontémoslo y tomemos agencia de ello. Tenemos que protegernos de la IA porque ella siempre va un paso adelante sabiendo nuestros próximos movimientos, o al menos esa es su agenda. Necesitamos dar más bien un paso hacia atrás o hacia un lado, o una suerte de doble salto mortal para adelantarnos aún más.
Si un algoritmo puede ejecutar una operación mejor que nosotrxs, está bien que lo haga y nosotrxs tendremos que ocuparnos de otra cosa. ¿De qué? No sabemos todavía, pero al menos podemos tomar como parangón el siglo XIX y la Revolución Industrial que ya mencionábamos antes. El psicoanálisis y las vanguardias artísticas no son sino consecuencias no previstas de aquellos supuestos adelantos tecnológicos. El psicoanálisis freudiano, al menos en su emergencia, se ocupa de los cuerpos no funcionales o productivos, es decir, los cuerpos histéricos. Ante la hiper-productividad que ofrecen las máquinas de reproducción en serie, estos cuerpos se rebelan. Igualmente, si hay una máquina que puede imitar la pintura, ésta se sale de quicio. Las vanguardias se rebelan ante la máquina generadora de imágenes que es el dispositivo fotográfico. Y entonces así como a finales del siglo XIX y principios del XX se hizo muy fácil de pronto proponer nuevas maneras de pintar, y por lo tanto mirar, en respuesta a las tecnologías de la época, ahora se abre el camino hacia proponer nuevas formas de pensar, y por lo tanto de filosofar, a partir de las tecnologías de la información. Si al nivel de los cuerpos, todo el estilo de vida e imaginario queer ya se está explorando, ¿dónde están entonces esas vanguardias del pensamiento que hacen estallar el delirio, las epistemologías absurdas, las ontologías locas, lxs pluriversxs comparadxs, etc.? Les estamos esperando.
